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Crisis de confianza

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión10-05-2010

Estamos hartos de escuchar que la crisis económica es, en buena medida, una crisis de confianza. La crisis de confianza, es verdad, viene determinada por unas estructuras económicas realmente injustas que favorecen la especulación y la explotación y, precisamente también por eso, la crisis de confianza es una crisis estructural. En el ámbito económico, la respuesta de algunos países -como España- viene por una febril actividad legislativa. Las leyes fuertes generan cierta confianza a corto plazo, pero son, también señal de desconfianza. Son los regímenes paternalistas, estatalistas y totalitarios -que no confían en la libertad de los ciudadanos- los que más legislan; mientras que los países que confían en sus ciudadanos -y en el criterio de los jueces- suelen tener corpus legislativos más ligeros. Véase la infinita articulación centenaria del Estatuto de Cataluña y compárese con los artículos que componen la constitución americana (poco más larga que el decálogo del pueblo judío). En el ámbito de la educación sucede algo parecido. En Europa desconfiamos de nuestro modelo universitario, de por sí bastante estatalista, y con Bolonia pretendíamos imitar el modelo anglosajón. ¿Qué hemos hecho, al aplicar Bolonia en España? Aumentar el estatalismo, reglar los contenidos y las metodologías docentes que deben desarrollarse en cada asignatura y exigir una validación pormenorizada que puede concluir con el cierre de carreras si el Estado lo considera oportuno. Justo lo contrario del modelo anglosajón que, precisamente porque confía en la libertad de los docentes, apenas regula el sector, lo que permite una oferta variada una competencia real -pues hay proyectos educativos realmente distintos- y el tener a sus universidades entre las mejores del mundo. En el ámbito económico, en el educativo y en el jurídico la relación entre estos conceptos es similar. Las leyes exigentes y pormenorizadas, que pretenden incrementar la fiabilidad de las relaciones así reguladas, manifiesta, en realidad, que el Legislador desconfía de los particulares. La reacción previsible es que los particulares desconfían de quien no se fía de ellos, lo que incrementa la desconfianza generalizada. Sólo quedan dos salidas: huir o acomodarse como perritos falderos a las directrices impuestas desde arriba, lo que se traduce en nivel cero de creatividad e iniciativa y reduce a los legislados a masa informe, acrítica, desmotivada… y generadora de una mayor desconfianza. La lógica para acabar con la crisis de confianza no es la legislación poderosa y desconfiada, sino la apuesta por la confianza. La confianza en la iniciativa individual fue la que sacó a España de la anterior crisis y es la clave que revitaliza siempre todo sector, institución o grupo humano. Restablecer la confianza exige ampliar los márgenes de actuación y rebajar las consecuencias que penan la acción equivocada. Quien recibe confianza se sabe depositario de un don, y tiende a responder a esa confianza de forma responsable, comprometida y creativa. De la confianza nace la gratuidad, se rompe la lógica de dominio y se inaugura la lógica del don y la acogida. Bajo esa lógica, quienes conforman la sociedad crecen, maduran, se unen en torno a lo valioso y se apoyan mutuamente. En síntesis, esa lógica del don es la que propone Benedicto XVI en Caritas in veritate y es la que hace que algunos lugares tengan un olor, un ambiente, una capacidad de promoción y superación especial. En definitiva, es la lógica que sienta las bases para edificar, juntos ese lugar donde la vida se ensancha.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach