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ROJO SOBRE GRIS

Hoy no es igual que ayer

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
Opinión05-04-2010

Mis padres juegan a los bolos en la Wii con mi hermana y mi cuñado. Desde aquí escucho sus risas, sus “¡bien!” y sus “¡oh, no, qué pena!”. Mi marido teclea en su ordenador prehistórico. Mi cuñado se acerca a pedir un cigarro y curiosea nuestras pantallas: yo pierdo. Mi hoja está casi en blanco y él, a punto de terminar. Es duro empezar el trabajo de cada día. Aunque lo hayas hecho millones de veces, la siguiente es como empezar de nuevo, y parece que hoy es todo igual que ayer. Me llama mi amiga Irene porque ha pasado la Semana Santa enganchada a un libro que le presté. Y quería darme las gracias. Hablo con mi amiga Paloma. A su madre le operan mañana de la rodilla. Mi marido ha terminado ya, y baja al garaje para sacar el coche: empiezan las obras para arreglar la rampa. La vida se sucede igual que ayer –igual de maravillosa, o igual de difícil, o igual de indescifrable- y me pregunto por qué nada parece haber cambiado si es verdad eso que dice Benedicto XVI de que existe el elixir de la vida y que la muerte no es definitiva. Sí. Un año más he visto La Pasión. A mi hermana le impresiona que sea mi película favorita, pero es la verdad. Leí que el actor que representaba a Judas tuvo durante el rodaje una experiencia de Dios que le cambió la vida, y ha sido este actor el que ha leído las meditaciones del Viacrucis con el Papa en Roma este año. Cuando veo esa película creo que también a mí me puede cambiar la vida como se la cambió a este hombre actuar en ella. ¿Y por qué no me va a pasar eso a mí -me pregunto- si yo deseo que me pase? Las cosas parecen hoy igual que ayer y todo apunta a que mañana no seré muy distinta de como soy hoy, pero yo sí quiero ser diferente. Quiero ser más feliz. No es que no lo sea, pero quiero serlo más. Por eso La Pasión me gusta tanto: siento profundamente que ese anhelo que hay en mi corazón tiene que ver con la historia que cuenta esa película. Y creo que verla me cambia de verdad, aunque cinco minutos después apenas me dé cuenta de ello. El Papa lo decía este jueves Santo así: “Todo ser humano quiere vivir. Desea una vida verdadera, llena, una vida que valga la pena, que sea gozosa”. El sábado por la noche, en la Vigilia Pascual, recordaba que la muerte es el gran obstáculo con el que se enfrenta ese deseo de una vida auténtica, plena y eterna, pero que la “hierba medicinal contra la muerte”, este “fármaco de inmortalidad” ¡existe! El domingo nos advertía que esto “no consiste en magia alguna”. A pesar saber algo tan impactante como que la muerte no es definitiva, al día siguiente de la Resurrección nos encontramos “con los gozos y esperanzas, los dolores y angustias de la historia” –es decir, con ese día a día cotidiano en el que parece que nada ha cambiado-. “Y sin embargo” –concluye el Papa- “esta historia ha cambiado, ha sido marcada por una alianza nueva y eterna, está realmente abierta al futuro. Por eso, salvados en esperanza, proseguimos nuestra peregrinación llevando en el corazón el canto antiguo y siempre nuevo: ‘Cantaré al Señor, sublime es su victoria’”. Rojo sobre gris a este Papa que conoce nuestro corazón, nuestras inquietudes y nuestros anhelos, nuestras alegrías y desalientos... Rojo sobre gris porque sabe conectar esa cotidianeidad de nuestra vida con Cristo como respuesta. No, hoy no es igual que ayer. Qué maravilla poder recordarlo cada año, cada día.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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