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ROJO SOBRE GRIS

Tránsitos

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura2 min
Opinión22-03-2010

Estoy en el tren, en uno de esos asientos de dos frente a dos. Algún poeta habrá descrito con maestría el efecto mecedora en un vagón de tren. A pesar de los años y de la tecnología, la física es la física, con lo que, gracias a Dios, el tiempo no se ha llevado consigo el romántico y literario traqueteo de un buen viaje en tren. Creo firmemente que si desaparece por completo la sensación de trayecto será muy fácil perder pronto el sentido y el valor de llegar a un destino e, incluso, de viajar. Pero lo que vengo pensando es la suerte de tener amigos invisibles que viajan en el tren sin pagar, que pueden vivir en casa y ni ocupan espacio, ni gastan teléfono, ni necesitan comer, ducharse o dormir. Mi marido, por ejemplo, viene en el vagón de cháchara con unos cuantos colegas a los que nadie ve, que andan metidos en un libro lleno de letra que le hace reír mucho y disfrutar de interesantes conversaciones con hombres que ya se han muerto hace muchos siglos, pero con los que resulta tener unos temas de conversación que no sostendría con nuestros vecinos de enfrente de al lado o de detrás. Yo me he venido esta vez sin compañía. Sin libros. Con la imaginación me basta, y bastante tengo ya con controlarla para disfrutar en cada momento de lo que toca. Una de las cosas que más me gusta de cuando hago ejercicios espirituales es precisamente ésa: callar la boca y descubrir el ruido que hay dentro, la actividad desenfrenada del alma y de la imaginación. En el silencio aparente por fuera se activa el altavoz de la vida interior. El silencio es la prueba de que existe la vida interior, bulliciosa o tranquila, pero determinante en las decisiones que tomamos aunque ignoremos o ahoguemos su presencia con el ruido de las cosas de fuera y nuestra ajetreada vida de actividad. Necesitamos trayectos, salitas de espera, descansillos de escalera, tiempos para hacer escala entre los trozos de la vida. Las cosas pasan rápido pero dejan su huella en la vida interior, que nos pide a gritos ser escuchada y saboreada. “Toledo es mi convento; y mi casa, mi celda”, me dice una querida amiga. Sin temor a equivocarme, creo que sí: que todos necesitamos un tozo de monasterio en nuestra vida, donde descansar entre trayecto y trayecto de nuestro peregrinar. Rojo sobre gris a las salitas de espera. Qué sabios los sabios. Vivan la paciencia y los descansillos.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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