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Una de aventuras

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión22-03-2010

Decía Sócrates que la retórica es al alma lo que la medicina es al cuerpo. Si debemos cuidar lo que introducimos en nuestro organismo, en orden a la salud corporal, debemos también cuidar lo que dejamos entrar en nuestra alma, en orden a la salud espiritual. Por eso libraba sus batallas dialécticas, sobre todo, contra los sofistas. Los sofistas gustaban de ofrecer al alma de sus oyentes sólo lo que estos deseaban, conformando almas egoístas, comodonas, empachadas de sus caprichos, ensordecidas por lo superficial, estimulante, novedoso o meramente agradable. Sócrates prefería regalar siempre la palabra adecuada, capaz de curar el alma, aunque esa palabra, algunas veces, resulte amarga, como lo son muchas de las medicinas que tomamos para sanar el cuerpo. Por eso gustaban los griegos de las tragedias. Una tragedia nunca es plato de buen gusto, pero el temor que provoca en las almas desencadena una catarsis que nos cura de nuestro egoísmo, nuestra soberbia o nuestras pasiones desenfrenadas. También gustaban los griegos de las comedias, que ridiculizaban a los personajes soberbios de la época deshinchando su orgullo; o quitaban hierro a situaciones de dificultad, ayudándonos a no tomarnos demasiado en serio las dificultades puntales por las que pasamos. Pero los griegos no conocieron un género que, quizá, resulta el más adecuado para afrontar las crisis: las aventuras. Las aventuras son un invento cristiano, cuyas características nos resultan familiares. En primer lugar, el protagonista se ve envuelto en una situación no querida por él y que le supera (como esta crisis económica que nos golpea a todos). El protagonista debe afrontar esa situación (bien porque es un valiente, bien porque no le queda otra). No podrá hacerlo solo, pero contará con la ayuda de compañeros de viaje (más nos vale tenerlos en tiempos de crisis). Y, por último, pero aún más importante que lo anterior, si el protagonista asume ciertos valores (como el valor, la entrega generosa, la renuncia a sí mismo, la ayuda a los débiles), logrará éxito en su misión. La fe en que a quien bien actúa bien le irá, la esperanza que se ve recompensada al final del camino, el amor del protagonista y el amor al protagonista, son claves del género de aventuras, pero también para afrontar con dignidad cualquier reto en la propia vida. En tiempos difíciles, y siempre, las historias de aventuras son una buena medicina para el alma y un buen ejemplo de cómo edificar entre todos ese lugar donde la vida se ensancha.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach