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ROJO SOBRE GRIS

Maravillarse

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura4 min
Opinión08-03-2010

Le preguntaba por qué. Por qué, a veces, desde una supuesta y seguramente bienintencionada reivindicación de la justicia y de la verdad, hay personas que se comportan como aves carroñeras que se lanzan implacables para despedazar sin piedad a cualquier persona o idea que discrepa. La furia les ciega, ponen en duda y bajo una sombra de sospecha absolutamente todo, haciendo que se tambaleen los cimientos de esa confianza en la bondad que es imprescindible para que cualquier esfuerzo en favor de la justicia y la verdad pueda dar fruto. En resumen: por qué el hombre, a veces, en una supuesta defensa de la justicia y la verdad, acaba siendo injusto y manipulador, transmisor de pesimismo, amargura y fatalidad. Y me ha contestado con unos versos de Benedetti: “Hay una sola grieta / decididamente profunda / y es la que media entre la maravilla del hombre /y los desmaravilladores”. Hace un tiempo conocí a Kapuscinski. Yo ya había terminado la carrera, y él ya había fallecido. Lo conocí a través de un libro de entrevistas titulado “Los cínicos no sirven para este oficio”. Kapuscinski era considerado un modelo de periodista, el mejor reportero del siglo XX, un ejemplo a seguir, un apasionado de la verdad, de la sabiduría, de la justicia, del buen hacer unido necesariamente al buen ser. Un hombre que creía en el hombre y en la posibilidad de la colaboración, de la comprensión y del entendimiento entre los hombres. “No se puede ser buen periodista sin ser buena persona”, decía. Me maravilló. Conoció el mundo conociendo el corazón del mundo, que son las personas, y con sus libros legó a los periodistas una forma entusiasmante y maravillosa de transitar por los caminos de la vida y de la profesión. Ahora se publica su biografía. La escribe un discípulo que acabó siendo un gran amigo suyo. Ciertamente sólo he leído las reseñas y alguna entrevista que le han hecho, pero si Kapuscinski me maravilló, este hombre me ha desmaravillado. Seguramente quiso escribir una biografía fiel a la verdad de la vida de su maestro y amigo. Según cuenta, cuando se puso a investigar se encontró con un Kapuscinski que “maquillaba la realidad” –es decir, la inventaba- para que no estropeara la belleza de sus crónicas. Se encontró, si no con un mentiroso, sí con un “fabulador” en el que literatura y periodismo llegaron a confundirse. La investigación le llevó a dejar de ver a Kapuscinski como un mito y a “tratar de mirarlo como a un ser humano”, dice. Y hace bien. Evidentemente, no soy partidaria de favorecer lo que podría ser una invitación a caer en la tentación de la idolatría, ni mucho menos, a la puede llevarnos la mitificación. Lo que me temo es que esa mirada sobre Kapusciski lo ha deshumanizado. Un hombre es sus defectos y caídas, pero también sus anhelos, su vocación y sus sueños; las intenciones que lo mueven; los ideales que persigue. Si ponemos el acento en lo primero, el resultado no es la imagen del hombre como hombre, sino un ser deshumanizado, reducido a personaje como muchas veces los medios nos presentan a los personajes públicos. El resultado es la desesperanza, el consecuente desmaravillamiento, el chasco fatal: la sensación de que es mentira cualquier anhelo de plenitud y vano cualquier ideal. Me pregunto cuál será la verdadera motivación de este hombre al escribir esta biografía. Él asegura que la fidelidad a la verdad de Kapuscinski que, según cuenta, se encargó de no desmentir ninguna de las afirmaciones que poco a poco lo engrandecían ante los ojos de los demás, contribuyendo así a la admiración que se le ha profesado. Si fue así, nada malo hay en que se sepa, ¿qué miedo puede darnos el error? Todos lo hemos experimentado. Sin embargo ¿Hay más verdad en esta biografía sobre Kapuscinski que en el vibrante ideal de reportero que nos renueva la confianza y la esperanza en que lo bueno es posible? ¿Acaso una anula la otra? ¿Es que acaso es más verdad el desmaravillamiento que la maravilla del hombre? Por supuesto que es cuestión de enfoques y de perspectivas. Para mí, el realismo es mucho más que la objetividad puramente material. Creo que la mayor parte de la realidad es invisible, y que pretender hacer justicia desde una mirada materialista que prescinde de esa realidad invisible es la mejor manera de cometer las más graves injusticias. Creo en ese periodismo que se convierte en arte por fidelidad a la realidad, capaz de ver lo invisible, de expresarlo en palabras, y de incorporarlo con rectitud a una crónica. Creo en un periodismo que traspasa el territorio de los datos fácticos y de los hechos y, sin desprecio al mismo, es capaz de adentrarse en el mundo invisible de las intenciones y las motivaciones en el que habita la maravilla del hombre. Creo que es infinita la distancia entre ese periodismo de altura y la mezquina invención de la realidad de un perezoso, de un manipulador, de un cínico enfadado o, sencillamente, de un triste y desmaravillado, hijos todos –creo yo- del sufrimiento. Y creo que sólo quien es capaz de ver lo invisible está preparado para entender la diferencia. “Señoras y señores / a elegir / a elegir de qué lado / ponen el pie”, dice Benedetti. Yo lo pongo en el lado rojo, en la maravilla del hombre. En ese lado pongo el pie: en el rojo sobre gris.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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