ANÁLISIS DE SOCIEDAD
Cuba, libertad para morir

Por Almudena Hernández
2 min
Sociedad28-02-2010
Lloran con rabia y miedo mujeres vestidas de blanco a Orlando Zapata. Lloran y gritan ¡libertad! en honor al mártir que ahora tanto escuece al gobierno cubano, que calla la muerte de un opositor al poder castrista que dejó de comer durante casi tres meses para escaparse de esa vida que no lo es tal en Cuba. Mucho menos en una cárcel en Cuba. En Cuba lloran los pocos que se enteran del desenlace de este preso encarcelado por sus ideas. Un desenlace que Zapata pudo evitar para salvar su pellejo y seguir sin vida y sin libertad en Cuba. Las mujeres de blanco lloran por un final que ha dado la vuelta al planeta y ha llenado las portadas de todo el mundo, mientras en Cuba ha sido una muerte ignorada, silenciada y censurada en el periódico principal de la isla, como todo allí en manos del partido, y en la Agencia Cubana de Noticias. Al mundo se le debería caer la cara de vergüenza por disfrutar de la playa de Varadero, bailar al ritmo del son, regatear el precio de los habanos y la langosta y tomar mojitos con los que hace caja un gobierno que tiene a su población aburrida, hastiada, sin alas y sin derechos. Yo pecador me confieso... Sólo hay una manera de saberlo para poder hablar con un poquitito de conocimiento de causa. En Cuba no hay ilusión porque no les dejan a los cubanos y por eso algunos hacen lo único en lo que el régimen castrista no puede interferir: morirse. Muchos turistas lo han visto. Han visto que muertos en vida están los cubanos que se atreven a pensar, a decir y a soñar con el país que podrían ser, mientras siguen obligados a rendir pleitesía a un comunismo obsoleto, a comer arroz con frijoles todos los días porque el régimen de los Castro no les permite ni más ni otra ración, a toparse constantemente con lemas de propaganda adoctrinadora, hasta en el último rincón de la Sierra Maestra, en las ciudades del centro o junto a la Universidad de la Habana, a no tener nada, ni para pintura con la que adecentar esas fachadas coloniales que tan pintorescas quedan en las postales. Por lo menos, ya que siguen con las alas rotas, al menos ya tienen otro nombre, el del tal Zapata, del que pueden decir que al menos tuvo libertad para dejar de vivir.
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Almudena Hernández
Doctora en Periodismo
Diez años en información social
Las personas, por encima de todo






