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ROJO SOBRE GRIS

Mi recámara de la felicidad

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
Opinión01-02-2010

Como los Reyes Magos llevan muchos años visitando la casa de mis padres, esta Navidad se tomaron la confianza de pedirles una prórroga y post pusieron unas semanas su visita. Hoy es uno de esos días misteriosamente felices de mi vida que quizás olvidaré en sus detalles, pero que han pasado a formar parte de mi recámara de felicidad, ese lugar en el que se acumulan las experiencias bellas que perfuman la existencia de uno para siempre. Y la de los demás. Mi recámara de la felicidad se alimenta de cosas muy pequeñas. Algunas no tienen nombre, y son como el aire, que existe pero no podrías describirlo porque son la suma de muchas cosas que se fueron juntando como minúsculas bolitas de mercurio hasta hacerse consistentes. Algunas casi no tienen ni tiempo, son como chispazos, o como esas pelotas de pin-pon que pasan por delante de ti sin que puedas devolverlas porque ni llegaste casi a verlas. Acordarnos todos los días de las personas a las que queremos y cuidarlas. En mi recámara de la felicidad está eso, un pequeño logro en mi vida y en la de mi marido. Seguramente los resultados no se notan mucho todavía y quede mucho camino por recorrer, pero ahí está un trabajo que poco a poco vamos haciendo juntos. Y hacerlo juntos es parte de la felicidad que nutre mi recámara. Otra de las cosas que le gustan mucho a mi recámara de la felicidad, y que me pasa mucho con mi padre, es coincidir. Esto de los genes es un invento maravilloso que sirve tanto para ser único en el mundo como para ser en muchas cosas como otros. Yo me descubro en mi padre muchas veces y digo: “¡A mí también me pasa eso!”. Me sucede, sobre todo, con las cosas del espíritu. Por ejemplo, con las cosas bellas. Cuando mi padre me cuenta que se ha leído una página deliciosa escrita por unos alumnos de arquitectura, me imagino exactamente qué tipo de cosa deliciosa es, y sabría encontrarla ente miles de páginas sin ninguna pista más. Más aún: sé con exactitud cómo se ha sentido leyéndolo aunque yo soy Amalia y él es José. Saberte en casa y en confianza con personas que no eran de tu familia pero pasan a serlo porque se casan contigo o con tu hermana es otra de las maravillas de mi recámara. Que mi madre pueda hacerme un vestido a distancia y los recuerdos bonitos que eso me puede traer; estar escribiendo y pensar que Javier Mula me leerá mañana en cuanto encienda el ordenador; escuchar una canción y emocionarme porque me trae sabores de un pasado que en el presente adquiere más sentido gracias a la distancia entre entonces y hoy; descubrir que has crecido de repente en sentido del humor de tanto observar a tu hermana y tu cuñado, sorprenderte más honesta en tus intenciones porque un día lograste llamar a cada cosa por su nombre... Mi recámara de la felicidad está llena de cosas bonitas. Está llena de cosas que no puedo explicar. Aunque les ponga palabras, no podré jamás atraparlas en ellas. Son milagros. Como perdonar. Otro día volveré sobre ese asunto: hoy quise, pero resultó que no. Rojo sobre gris... a mis lectores. También formáis parte de la recámara de mi felicidad.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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