SIN CONCESIONES
A este paso no me jubilo

Por Pablo A. Iglesias
3 min
Opinión01-02-2010
Los jubilados merecen un homenaje. Antes se les consideraba ancianos, luego inventaron para ellos el eufemismo de "tercera edad" y ahora simplemente son gente que ha finalizado la etapa laboral. Por lo general, se encuentran en lo mejor de la vida. Todavía tienen buena salud y acumulan una sabiduría inmensa. Son una enciclopedia vital, cum laude en experiencia y dignos maestros para cualquiera que quiera aprender mediante un método distinto al de estrellarse contra la pared. Habitualmente, entendemos por jubilado el que juega a la petanca en un parque, el que se queda mirando pegado a la valla de una obra o el que pasea por la ciudad con las manos cruzadas en la espalda. Puede que antes fueran eso, pero ahora son mucho más. Hace años escuché a un sabio político (aunque parezca que ninguno lo es) que un país que aspira a ser grande no debería desperdiciar la mayor grandeza que posee: sus personas. Jubilar a un veterano empleado de 55 años, como hacen muchas empresas, debe de resultar de lo más económico pero es de las mayores estupideces que pueden cometerse. A esa edad, un hombre o una mujer se encuentran en el mejor momento laboral de su vida. Con 65 años, en muchas profesiones, también es un desperdicio. Antes de elevar la edad de jubilación a los 67, el Gobierno debería combatir la mala praxis de tantas multinacionales que convierten en pensionistas a trabajadores que ni siquiera han cumplido seis decenios. El Estado ahorraría así mucho dinero y garantizaría el futuro de la Seguridad Social. Luego están los que sueñan con la jubilación. Tengo amigos y familiares que apenas llevan una década trabajando y sólo piensan en un futuro lejano que dista dos, tres y hasta cuatro décadas. Hoy en día, la gente suele cansarse de la etapa laboral nada más comenzar. No es cuestión de dinero. Conozco multitud de casos de gente bien pagada que tras diez años como asalariada ha perdido la ilusión por su trabajo. Es triste, porque una tercera parte del día la gastamos trabajando y otra durmiendo. Si nuestro empleo no nos satisface, es mejor buscar otro nuevo. Pasamos demasiado tiempo en la oficina como para dedicar nuestros esfuerzos a algo que no nos hace felices. Este espíritu que tanto falta supone un agujero a la Seguridad Social, pues muchos despidos, conflictos laborales y cierres de empresas suelen estar ligados a una desmotivación de los empleados. También habría que combatirlo. Los que tanto sueñan con el momento de la jubilación, ahora, deben de subirse por las paredes con la propuesta del Gobierno para elevar la edad de jubilación. En lugar de a los 65, será a los 67. Pero de aquí a que llegue mi momento seguramente esté ya en los 70 años. De ser así, habré pasado más de medio siglo trabajando... como para trabajar en algo que me desquicie, que me enfade, que me desmotive o simplemente que me genere indiferencia. Doy gracias a Dios y a mis padres -al fin jubilados- por tener una profesión que me apasiona. Seguro que, cuando el Gobierno habla de elevar la edad de jubilación, piensa en realidad en gente como yo o en otros muchos que además tienen hipotecas de 30, 40 e incluso 50 años. Zapatero quizá imagine que trabajar hasta los 67 es una ayuda a nuestros bolsillos para que podamos devolver al banco todo lo que debemos. ¡Qué detalle! ¡Qué bueno es este Gobierno! Así nuestros hijos no tendrán que heredar los créditos. Pero a este paso nunca podremos jubilarnos. Ojalá nuestros padres disfruten por nosotros.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






