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Bautizo civil

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión14-06-2009
Están de moda los bautizos civiles. Cierto es que no tienen oficialmente ese nombre, pero este apelativo, con el que quienes deciden hacerlo comulgan, viene a explicar muy bien su sentido progre: es una sustitución -¿por oposición?- del bautizo (sin adjetivos) de la tradición católica. Esto es evidente porque el resto de ritos de iniciación de otras tradiciones religiosas no se llaman “bautizo”, y a nadie se le ha ocurrido hablar de la circuncisión laica. Dicho bautizo civil tiene por objetivo, según los propios padrinos, dar “la bienvenida democrática al recién nacido” siguiendo una tradición iniciada en la Revolución francesa. Pedro Zerolo lo llama “acto laico de bienvenida a la ciudadanía”, quizá porque piensa que la revolución empezó con él y las leyes de su partido. Según se oficie el acto, hay quienes leen algunos artículos de declaraciones o leyes y quienes leen unos versos y escuchan alguna pieza musical del gusto o capricho de los padres. También pueden inscribirse oficialmente en un registro inaugurado para la ocasión, aunque el que alguien esté inscrito en él no tiene ningún efecto, ni legal, ni civil, ni de ningún otro tipo (aunque, mejor, no demos ideas). Lo cierto es que el bautizo laico no es muy progre, sino bastante reaccionario. Es cierto que se puso de moda en la Revolución francesa, igual que la guillotina y otras formas de exterminio que encumbraría el Estado moderno en sus más altas realizaciones: el nazismo, el fascismo y el comunismo soviético. Viene a ser una forma de divinización del Estado -hoy diríamos divinización de la democracia, que suena más light- en la que el hombre reconoce su sumisión absoluta al imperio de la Ley Humana, una ley tan caprichosa y mudable, por cierto, como lo sean los legisladores y votantes. El endiosamiento del Estado, que siempre comienza por convertir en rito trascendente lo que en el orden normal de las cosas serían trámites administrativos, siempre ha traído consecuencias desastrosas. Las menos terribles, cuando el Estado oficializa una religión -como hizo el emperador romano Constantino, a quien debemos lamentablemente que se asocie al cristianismo con los perseguidores, en lugar de con los perseguidos- y le pasa a los fundamentalismos islámicos. Las más terribles, cuando el Estado se convierte en Dios, como le pasó a la Francia revolucionaria y a todos los totalitarismos; y como parece que empieza a pasar en España con signos inequívocos como el bautizo civil y la moral de Estado que supone Educación para la Ciudadanía. Por eso me cuesta creer que alguien que se hace llamar progresista aliente semejantes esperpentos. Puestos a iniciarnos en alguna institución, siempre será mejor hacerlo a las que sólo nos obligan moralmente -las religiosas- que a las que lo hacen coercitivamente, bajo el imperio de una ley mudable y creada por hombres. La gracia del bautismo, por hablar sólo del rito católico, es precisamente que sí que tiene efectos. No es sólo un guiño al sol, no es sólo figurar en un papel intrascendente. La Gracia del Bautismo nos libera de los poderes de este mundo. Quien se bautiza adquiere carta de ciudadanía del Reino del Cielo, cuya única ley es el Amor y cuyas consecuencias son la felicidad y plenitud no sólo en este mundo, sino para toda la Eternidad. Quizá esto anhelan los que acuden al bautizo civil, pero el Estado no tiene los poderes de un Dios y, cuando juega a ser Dios, más nos vale salir corriendo. Sin embargo, los que dan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, pueden encontrar atravesando la puerta del Bautismo ese lugar donde la vida se ensancha.






