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ROJO SOBRE GRIS

Las montañas son azules

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura2 min
Opinión12-04-2009

En el viaje de regreso a casa después de unos días con mi familia, atravesando las planicies castellanas, me preguntaba otra vez por qué no serán estas tierras burgalesas un poco más cálidas. Algunos campos ya verdean, el cielo es tan limpio y la luz tan clara que sólo le falta al paisaje un poco de estufa. Me he acordado entonces de una consideración que hizo un día otra castellana: “Las montañas no son marrones. Las montañas son azules”. Sin embargo, de pequeños, las pintamos de color marrón. Hemos rescatado estos días un juego de mesa muy entretenido que ahora voy a echar de menos, porque su lugar es la casa de mis padres y no tengo intención de sacarlo de allí. Se trata del Otello, un juego de estrategia para dos personas que consiste en un tablero de 68 casillas. Cada jugador parte con 34 fichas. El objetivo es irlas colocando con astucia para convertir en tuyas las del contrincante, de manera que gana la partida quien más fichas de su color tiene sobre el tablero. De pequeña jugué mucho al Otello. Recuerdo que la gracia consistía para mí en comer fichas con voracidad y terminar rápido la partida para ver en el recuento quién había ganado. No entendía de estrategia, ni de largo plazo, ni de prever jugadas del contrincante para evitarlas y neutralizarlas a tu favor. Solía perder, igual que al ajedrez, porque mi hermana era mucho más lista. Yo quería ganar. Ella, jugar. En el viaje de vuelta recordábamos también una conversación de esas de sobremesa entre mi padre, mi marido y yo. Se nos quedó un poco a medias, pero trataba sobre la cultura de la vida y la cultura de la muerte. Mi padre decía que lo que hoy se considera cultura de la vida él lo aprendió como cultura de la muerte. Y viceversa. Quizás tiene que ver con el Otello. Esa mirada a corto plazo que busca la satisfacción de forma inmediata como si mañana no existiera, ese comer fichas ahora sin mirar hacia el horizonte final es, en realidad, una cultura de la muerte. Pierdes la partida de la vida. Ahora, pensando despacio, creo que gana quien es capaz de vivir con perspectiva. Con realismo, pero con perspectiva, mirando a lo lejos y mirando al final. Gana quien no quiere imponerle a la realidad su visión de las cosas, quien las mira con detenimiento y las sabe escuchar. La verdad viene a nuestro encuentro, nos habla, y sólo gana quien se deja vencer por ella sin agarrarse avariciosamente a lo que cree que las cosas son. Gana quien ha mirado las montañas y se ha dejado vencer por ellas sin prejuicios. Gana quien se deja derrotar. Gana quien sabe que las montañas son azules. Rojo sobre gris a los días en familia que nos revelan el color de la vida.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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