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ROJO SOBRE GRIS

¬In his hands¬

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
Opinión01-03-2009

He remoloneado una y otra vez antes de ponerme ante la hoja en blanco. Escribo esto y puede parecer una solemne tontería, pero el día de mañana, cuando quizás relea estas pequeñas columnas de La Semana, podré recordar cómo eran estos domingos en los que, a veces, cogía el ordenador echando tinta por las yemas de los dedos, y otras, remoloneaba por el mundo de los mails, las tareas pendientes o las noticias de actualidad hasta por fin desembarcar en la blanca hoja de Word horas después. Cuando pasen unos años, me gustará recordar que hoy escribo en mi nuevo despacho de casa. Es una habitación con estantes y con una mesa todo lo larga que hemos podido para trabajar mi marido y yo en ella. Casi se nos chocan los codos y tengo que hacer esfuerzos por no comentar en alto cada cosa que se me pasa por la cabeza para no distraerle, pero nos encanta. No tiene cortina, la bombilla cuelga del techo sin lámpara y la silla que tengo es de la mesa del comedor; pero huele a madera, es todo blanco menos un estante rojo y estamos los dos juntos. Me gustará recordar la mañana sentados frente a los estantes vacíos dilucidando la cantidad de baldas que necesitábamos poner para colocar las cajas de CDs a una altura que fuera asequible a mi metro sesenta, que acabó en una de nuestras clásicas discusiones sobre si debían ser blancas y negras o blancas y rojas. Yo prefería blancas y rojas. Las compramos blancas y negras, y al final resulta que me gustan así. Acabo de ver que ya tienen hasta su rotulillo indicando el tipo de música que contienen. Aunque la bombilla del techo esté colgando como en una obra, y no hayamos decidido aún qué lámpara pondremos, hemos comprado baratas baratas dos lámparas de mesa que no irán sobre la mesa, sino sobre los estantes. No pondremos las dos, elegiremos una. Pero en la tienda de muebles con la que media España redecora su vida no atinábamos con la que nos gustaba a los dos. Yo prefería una gran bola blanca de cristal. Álvaro, una especie de botella de papel característica de todas las casas de recién casados o de casados que van poco a poco, como nosotros. Recuerdo ahora cuando, hace años, soñaba que fuese así. Me imaginaba trabajando codo con codo junto a Álvaro, en una mesa común para los dos, con una música de fondo. Hoy ha tocado como banda sonora el ruidito de un juego de ordenador con el que mi marido se relaja de vez en cuando. Pero esta mañana era Nina Simone la que me acompañaba mientras Álvaro cocinaba unas setas con patatas del libro de recetas de la familia. Entonces he escuchado la letra de la canción “He’s got the hole world in his hands” y he salido gritando: ¡Álvaro! ¡Que habla de Dios! He puesto ese CD decenas de veces, pero sólo hoy lo he escuchado. No sé si la compañía de móviles que tiene ese tema como corporativo de su publicidad sabe lo que dice la letra, pero es un espiritual que refleja exactamente esto: que el mundo entero, los peces del mar, los pájaros y la vida de cada uno de nosotros está en manos de Él. ¡Ay! Cómo me gustan los sueños que se hacen realidad. Rojo sobre gris para este maravilloso invento que es la vida, en la que, de alguna manera, uno sí puede ir y volver del pasado al presente a través de los recuerdos y al futuro a través de los sueños con la plácida tranquilidad que da saber que todo, todo está en Sus manos.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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