Esta web contiene cookies. Al navegar acepta su uso conforme a la legislación vigente Más Información
Sorry, your browser does not support inline SVG

ROJO SOBRE GRIS

Oído cocina

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura2 min
Opinión15-02-2009

Mi abuela, que tiene 102 años, lo dice muchas veces: ¡a callar! Poco a poco pierde oído, y nuestro charloteo le resulta molesto, supongo que como un murmullo indescifrable e ininteligible. Pensaba hoy que en la vida suceden cosas parecidas, aunque como estamos acostumbrados, quizás nos hemos hecho insensibles a lo molestas que son para nuestras vidas. Existe cierta práctica periodística que funciona así, y ciertos hábitos sociales como son los corrillos que funcionan de la misma manera: generando ruido bajo apariencia de querer esclarecer la verdad de las cosas. Es cierto que necesitamos saber, pero no es menos cierto que hay una curiosidad desmedida que provoca ruido dentro de nosotros; por muchos datos más que sepamos, lo que necesitamos saciar no queda nunca satisfecho. Es el momento del silencio. He tenido fama de habladora y ahora la suerte de vivir con un hombre que en sus clases de teoría de la comunicación dedica un capítulo entero al silencio. Sin duda es algo que a mi padre le gustó de mi marido, y sin duda es cosa de Dios, que no da puntada sin hilo, porque uno de los grandes descubrimientos de mi vida es, precisamente, el silencio. Me fascinó intelectualmente desde pequeña que era posible la música por eso que había entre nota y nota que no era otra nota, y que en un pentagrama se llama precisamente silencio. Después descubrí que algo similar sucedía con la palabra, y con la radio, y con la vida. Las pausas, los descansos y los silencios ayudan a dar sentido. En unos ejercicios espirituales me encontré con que el silencio no es la nada, no es quedarse en blanco. No es el vacío: Es escucha. Ayer, San Ignacio de Loyola le puso letra a esta música: “Porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente”. “Silencio de resonancia” es como mi marido llama a ese silencio interior en el que las cosas resuenan dentro de uno hasta encontrar su sitio. Es una experiencia preciosa, como de madurez. Sientes como que te conoces más, y sientes que te haces más libre. En el silencio se revelan las causas de las propias alegrías, de las penas, de las pasiones, de las envidias, de las debilidades, de los enfados y los rebotes; de las euforias y los entusiasmos; de las inseguridades, los miedos, las ideas fijas; los deseos de venganza, los sentimientos de fracaso, de engaño, de decepción… todo encuentra su sitio, su razón, su sentido. Sientes como si alguien te desvelara quién eres a través de los acontecimientos de tu vida. En el silencio se escucha. Hay una frasecilla que dice “oído cocina”. Significa no sólo que se ha escuchado algo, sino que se acude presto a realizarlo. No en vano, escuchar y obedecer tienen una raíz común. Es sabio el lenguaje: el silencio es para escuchar lo que la conciencia dicta que hay que hacer. Lo que ella diga. Eso da paz y alegría. Rojo sobre gris. Sin nombres porque serían demasiados.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo