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SIN ESPINAS

Cela celó

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura2 min
Opinión20-01-2002

Por no conocerle, ni siquiera sé si su apellido corresponde o no al que cuida, vigila, observa, espía o custodia. En definitiva, a ese celador que celó con recelo las letras de su vida y de su obra. Por tal ignorancia, me da casi vergüenza escribir estas líneas. Esa poca vergüenza que se ha de tener para contar algo cada semana, sin asustarse por no decir nada. Nunca tuve la ocasión personal de conocerle, pero yo le descubrí en aquellas tertulias de sobremesa que se inventó Hermida y a cuya vera se sentaban personas con criterio y cordura. Cuánto ha degenerado esa idea ¿Verdad Don Camilo? Ese honor de escucharle cada tarde se apagó por el deterioro que la tele produce en el intelecto de quien la ve y de quien la hace. Allí, mi tierno oído infantil escuchó una de esas respuestas geniales a las que usted me acostumbraría. Fue después de que Hermida le preguntara. “Don Camilo ¿usted duerme una horita de siesta cada tarde como buen español?”. “¿Una horita?- respondió- No, no, yo me echo siestas de pijama, padre nuestro y orinal”. De entre las frases que almaceno en mi particular baúl de aforismos, recuerdo también aquella ocasión en la que le llamaron la atención porque estaba “dormido” en un acto público. A lo que con razón respondió. “No, estoy durmiendo. Y no es lo mismo estar dormido que durmiendo, como tampoco lo es estar jodido que estar jodiendo”. A la genialidad hay que unirle el sin par gesto de San Bernardo leonado que ponía usted por rostro cuando se le terminaron de caer esos carrillos pellejos con la senectud. De esa, me viene a la memoria esta otra del anuncio de la guía Campsa. “¿Más gachas Don Camilo?” “Bueno, si se empeña”. Pero no se crea que voy a ser tan reduccionista como para acordarme de usted por cuatro frases mediáticas. Sobre todo, después de la ingente obra que nos ha legado y que todavía no he descubierto. Soy joven pero ya he podido acercarme a obras como La familia de Pascual Duarte, donde se refleja el magnífico talante de un Nobel cuya inteligencia, dominio de la estructura y el lenguaje sólo pueden equipararse al goce literario que se siente navegando entre sus páginas. Su figura controvertida es culpa suya y sólo suya. Su carácter árido es también parte de la herencia que se deja en la tierra. Sin embargo, repito, no le conocí personalmente. Por eso, me quedaré con la duda de si la imagen pública que proyectaron de usted los medios, fue tan distorsionada como para borrar de un plumazo, curiosa paradoja, toda su ternura. De todas maneras, espero que esa efigie seria se haya trasformado ya en una amplia sonrisa de gigantón y que cuando nos veamos en el cielo me lea una de las genialidades que inventó. Que cuando, pesado yo, le diga: “Don Camilo, Don Camilo ¿me puede leer uno de sus relatos?”; usted me responda: “bueno, si se empeña”.

Fotografía de Javier de la Rosa