ROJO SOBRE GRIS
El ciprés de Colón

Por Amalia Casado
3 min
Opinión28-12-2008
Caminábamos por el claustro de Silos. Anochecía. Mi madre se paró mientras nos hizo notar un intenso piar de pájaros. “¿Eso es una grabación o son pájaros de verdad?”, preguntó. El piar sonaba exuberante, casi selvático. Empezamos a mover las cabezas, a mirar hacia un lado y otro intentando descubrir el punto exacto del que provenía aquel espectáculo sonoro. Nos precedía el hombre encargado de abrir y cerrar las puertas a nuestro paso, bastante silencioso, castellano de tierra seca. Intervino al escuchar nuestra conversación. “Es el ciprés”, nos indicó. “Hay más de mil pájaros”. En Colón me sentí así, como uno de aquellos pájaros que anidan en el ciprés del claustro del monasterio de Santo Domingo de Silos. Como los pájaros cantan, así nosotros fuimos a misa el día de la Sagrada familia al abrigo de los edificios que a diario contemplan el trajín de los negocios y vaivenes varios. Y haciendo lo que cada domingo, pero todos juntos, ofrecimos al mundo un espectáculo que sorprende. Hay quienes insisten en manipular esta cita de diciembre y teñirla de política; quienes quieren ver a la Iglesia como una represora de la libertad, a los católicos como una panda de anacrónicos reprimidos e intolerantes y a los sacerdotes como unos jerarcas dictadores que imponen corsés y normas morales alejadas de los tiempos. Hay quienes pretenden relegar las expresiones de lo religioso al ámbito de la más estricta intimidad, como si se tratara de un mal vergonzante que hay que esconder, pernicioso para el mundo y obstáculo para la felicidad. Pero yo vi otra cosa. Yo vi a una Iglesia que conoce al hombre y lo profundo de su corazón; a una Iglesia a la altura de los tiempos, que se siente responsable de la felicidad de todos los hombres y que no puede replegarse cobardemente por el hecho de que su propuesta resulte impopular. Vi una Iglesia que no es el club de los perfectos, sino una comunidad de hombres y mujeres que quieren ser mejores y que vislumbran en Cristo un camino que recorrer. Yo vi a una Iglesia abierta, propositiva, depositaria de mucha sabiduría y que habla de amor. De amor a los padres, de amor a los hijos, de amor a quienes piensan distinto, de amor a todos. Vi a una Iglesia que no teme, que se esfuerza por mostrar con amabilidad y sin acritud su alegría, pero también con valentía cuando es necesario. Es fácil dejarse llevar por los prejuicios de quienes hablan sin saber, o de quienes hablan y critican desde el dolor y el resentimiento por haber tenido malas experiencias con los curas, las monjas de su colegio, su jefe que va a misa o su suegra que reza todas las tardes el rosario. Los hombres nos equivocamos. Todo el tiempo. Ni siquiera somos capaces de amar todo lo que desearíamos a quienes queremos más queremos. Es inevitable encontrarse con cristianos pecadores porque la Iglesia es eso: “la comunidad de los pecadores que creen en el amor de Dios y se dejan transformar por Él”. Así lo expresó maravillosamente Benedicto XVI en junio de 2008. Más de mil pájaros cantan cada día desde el ciprés de Silos al salir y ponerse el sol. Y así, miles de familias celebraron la alegría de estar en el camino hacia la luz y la verdad a la que no quieren renunciar. Que sea difícil, que el ideal sea alto, que con nuestras fuerzas no sea suficiente y debamos cargar la cruz de nuestras propias imperfecciones no lo hace menos valioso ni menos verdadero. Rojo sobre gris al ciprés de Colón.
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Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






