ROJO SOBRE GRIS
Ser de, por los siglos de los siglos

Por Amalia Casado
2 min
Opinión12-10-2008
Hoy me acuerdo de un amigo de mi marido: Manu. Se casó con una joven colombiana: Mafe. Él arraigado en su España y ella en su Colombia natal. Viven en Madrid, pero Mafe añora su tierra. Quizás no tanto el paisaje, los olores y sabores cuanto sus personas: sus padres, sus hermanos. Su familia. Cuánto la comprendo y la admiro. Yo no vivo en la misma ciudad que mis padres. La distancia que nos separa se recorre en dos horas y media. Se sortea con una llamada de teléfono. Pero ojalá no existiera y pudiera pasear con ellos por los días de mi vida. Por suerte, mis padres son como una tortuga. Llevan la casa a cuestas. No es tanto un lugar como un hogar. Cuando estamos juntos, sea donde sea, vuelvo a sentir eso: que estoy en casa. No que estoy como en casa, sino en casa. Exactamente ahí: en un lugar del corazón que es confianza, seguridad, generosidad. Es el lugar donde se conoce a Dios por primera vez, al que se vuelve para reencontrarle, donde se descubre y aprende el amor. Es un lugar al que se pertenece siempre, por los siglos de los siglos. La casa que yo fundo es prolongación de la que vengo; mi más preciosa aportación y la mejor explicación de mí misma. Los judíos lo tienen claro: cuando dicen quienes son, se remiten paso a paso hacia atrás hasta su origen. Me gusta. Para mí es signo de agradecimiento, de humildad: soy de alguien, soy de los que provengo. No me pertenezco y ésa es mi más grande responsabilidad: ser del amor, por los siglos de los siglos. La familia. Si me lo preguntaran, eso contestaría: mi familia. Mi marido, mis padres, mis hermanos y todas las personas y cosas que a ellos les importan y preocupan como ellos a mí. Son lo más importante de mi vida. ¿Daría mi vida por ellos? La daría. Me imagino lo doloroso y triste de ser trasplantado sin raíces; lo terrible de mirar atrás y ver vacío, ruptura o desencuentro en lugar de amor incondicional, sentido y entrega. Rojo sobre gris a todas las familias que consiguen transmitir a sus hijos esta experiencia de pertenencia, de agradecimiento y de amor. Si no es ahí, qué difícil será descubrir que hay cosas para siempre, que “ser de” no es esclavitud sino libertad y sentido. Que el amor es verdad por los siglos de los siglos.
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Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






