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¿TÚ TAMBIÉN?

Una idea política

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión12-10-2008

Dicen que Licurgo se inspiró en la Constitución de Creta para proponer la suya a los espartanos y que, para que ésta fuera aceptada, insistió en que se la había revelado el mismísimo Oráculo de Delfos. La disciplina que suponía asumir aquellas leyes fundadas en “el desprecio de lo cómodo y lo agradable” fue tan acaloradamente discutida que un joven aristócrata apedreó a Licurgo en un ojo. Para evitar que el joven fuera apaleado por los circundantes, pidió que se lo entregaran y, por todo castigo, le invitó a una cena. Entre plato y plato, explicó a su agresor el porqué de esas leyes tan exigentes de tal modo que quien le atacó se convirtió en pocas horas en el más acalorado defensor de su causa. Aun así, las leyes no fueron escritas y lo único que consiguió nuestro político fue que los espartanos las asumieran provisionalmente hasta que Licurgo regresara de un viaje. Al día siguiente, Licurgo partió hacia Delfos y, para asegurarse de que su propuesta se convirtiera en ley, entró en el templo y se dejó morir de hambre. De ese modo, aquellas leyes no escritas fueron “eternamente” provisionales, se convirtieron en costumbre, quedaron grabadas durante generaciones en el alma de los espartanos y su memoria alcanza nuestros días, pues a ellas debemos la grandeza de aquel pueblo que con sólo 300 hombres acabó con miles de soldados de las huestes del persa Jerjes. Licurgo impuso entonces unas leyes que harían palidecer a Hitler -si bien no conviene juzgar aquella época con los criterios de la nuestra-, pero algo podemos alabar en él, algo de lo que carecieron todos los dictadores de nuestro siglo y que añoramos incluso en nuestros líderes políticos: una idea por la que perdonar la vida a quien le apedreó y por la que estuvo dispuesto a entregar su propia vida. De Zapatero sabemos que se dedica a “dramatizar” cuando le conviene, al tiempo que acusa de crear tensión a sus rivales; sabemos que habló con asesinos en secreto ya antes de ser elegido presidente, y que lo reconoció después de mucho negarlo sin admitir, no obstante, que nos engañó durante años. Sabemos, por no hacer eterna la lista, que nos miente sistemáticamente respecto de lo que sabe y hace, y no podemos ya saber en qué cree realmente. De Rajoy creímos que creía en España; llegó a dar un discurso de estadista en Colón en él que habló para todos los españoles y el año pasado quiso movilizar a todos los ciudadanos para asistir al día de la Hispanidad. Pero ya sabemos que, por más que nos venda que debemos amar a España, a él el 12 de octubre le parece literalmente un “coñazo”. En realidad, las dos alternativas de gobierno que hoy ofrece nuestro país ya se revelaron enmarañadas entre números y mediocridades en los últimos debates electorales, donde no se vislumbró una sola idea acerca de un proyecto político de futuro y esperanza. Licurgo tenía un ideal atractivo y valioso que constituyó a un pueblo que ha pasado a la historia. Zapatero y Rajoy, que han nacido en un país cuyos ideales han regido el mundo durante varios siglos, son incapaces no ya de tener una idea de España, sino de reconocer como valiosos los ideales que tienen delante de sus narices, como los encarnados el día de la Hispanidad, que no por casualidad se hizo coincidir con el día del Pilar. Sólo el pueblo cuyas gentes se reconocen hermanas y trabajan codo con codo por un ideal valioso puede permanecer unido y edificar, en su seno, una comunidad donde la vida se ensancha.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach