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ANÁLISIS DE ESPAÑA

Juez Tirado

Fotografía

Por Alejandro RequeijoTiempo de lectura2 min
España14-09-2008

Demostrado queda. La condición humana cambia muy lentamente. O no cambia nunca. El antiguo pueblo de Israel tenía su chivo expiatorio. Entre pedradas e insultos abandonaban al animal en medio del desierto para entregárselo al demonio (Azazel) cargándole así todas las culpas y pecados del pueblo judío. En la Edad Media estaban las brujas y los infieles que pasaban por la hoguera por mandato divino en ejecuciones-espectáculo celebradas en plena plaza. Durante las Cruzadas a Tierra Santa, los cristianos, hartos de partirse la cara con los turcos por la preciosa Jerusalén alumbraron la macabra expresión ser cabeza de turco. Decapitaban a sus enemigos y colgaban sus cabezas en el mástil del barco. A partir de ahí, ese cráneo sin vida era el destinatario de todos los agravios y el culpable de todas las desgracias que pudiesen surgir durante la travesía. Por naturaleza el ser humano siempre ha tenido la necesidad de buscar culpables, alguien generalmente indefenso sobre el que descargar toda la ira desde, eso sí, la protección y el anonimato que proporciona la masa. Ahora, en la España moderna, la de las libertades, la democracia y la Constitución ya no queda ni rastro de ningún rito judío. La Santísima Inquisición ha quedado para lo privado y para algún cardenal nostálgico. Representar lo de la cabeza del turco queda feo. Pero la masa ha encontrado a un nuevo personaje sobre el que descargar su ira: el juez de Sevilla Rafael Tirado. Aquel magistrado al que se le olvidó ejecutar una sentencia por abusos sexuales contra el presunto –este formalismo tiene los días contados- asesino de la joven Mari Luz. Y luego pasó lo que pasó. El problema para esa masa enfervorizada que pide la cabeza del juez como único culpable de un sistema oxidado es que los encargados de sancionarle están tan podridos como la Santa Inquisición, son tan caducos como soltar un chivo en medio del desierto y sus decisiones corporativistas generan tanto asco como aquellas cabezas de turco repletas de escupitajos. Una cosa es aceptar que este magistrado no cargue con toda la culpa de lo sucedido, pero lo que no es de recibo es que, de los 6.000 euros que le podrían haber impuesto, la cosa se haya quedado en unos ridículos y vergonzantes 1.500 euros. Eso es lo que le cuesta a uno pegarse un viajecito a Cuba, donde por cierto podría estar ahora Rodríguez Menéndez sin que los mismos jueces pérfidos e inmorales hayan hecho nada contra el colega magistrado que dejó escapar al ex abogado. Suerte que la Justicia lleva una venda en los ojos. Dicen que es para permanecer siempre imparcial. Que nadie se la quite porque el espectáculo que se encontraría le provocaría arcadas.

Fotografía de Alejandro Requeijo

Alejandro Requeijo

Licenciado en Periodismo

Escribo en LaSemana.es desde 2003

Redactor de El Español

Especialista en Seguridad y Terrorismo

He trabajado en Europa Press, EFE y Somos Radio