SIN CONCESIONES
Vivir o abortar

Por Pablo A. Iglesias
3 min
Opinión07-09-2008
Se llamaba Visitación pero sus nietos la llamaban Visi. Tenía una voz cálida, fuerte, repleta de personalidad. Con una sóla palabra llenaba cualquier casa de su presencia. Se reía sin complejos y hablaba sin ocultar un ligero acento del sur. Murió el jueves, con más de 80 años. Murió de vieja, que decían antes. Visi era la abuela de Raquel, mi cuñada y mi hermana. Desde aquí rezo por las dos: por el descanso eterno de la primera y el consuelo de la segunda. También rezo por Diego. Murió el sábado pero su espíritu pervive en mi casa. Él plantó el naranjo, la palmera y algunos rosales que decoran el jardín. Aún era joven, pues rondaba los 60 años, pero su corazón se cansó de latir. Sus hijos y su esposa, Adela, todavía no han asimilado que sólo volverán a verle cuando ellos también mueran. El domingo despedimos su cuerpo en el cementerio pero su alma aún nos acompaña. A Berta Pardal nunca la conocí en persona, sólo a través de Internet, pero la considero de la familia. Trabajó durante casi tres años en LaSemana.es. Murió en agosto, aunque aquí nos hemos enterado hace poco. Ella se ha ido pero su profesionalidad y sus noticias permanecen en las páginas de la sección Internacional. Berta tenía sólo 26 años, nada más. Estaba en la flor de la vida pero su vida se marchitó antes de tiempo. Berta, Diego y la abuela de Raquel han sido los últimos. Antes lo fueron mis cuatro abuelos -a uno ni lo llegué a conocer-, mi tía Loli y, más recientemente, los padres de mis compañeros Eva e Ignacio, la madre de mi buena amiga Belén o el tío Ramón... Cada vez que un ser querido se muere, me echo a llorar. No es rabia ni dolor. Es su ausencia lo que empuja las lágrimas, el vacío que deja y la añoranza que sentiremos en el futuro. No me dan pena los que se van, sino los que nos quedamos aturdidos y entristecidos por la soledad. La fe en que caminan hacia un mundo mejor me consuela, e incluso me alegra. En cada entierro, en cada funeral, siempre pienso que el drama y el luto debería sustituirse por una gran celebración: la de pensar que aquellos a quienes amamos están radiantes y felices en el más allá. Debería haber cánticos de aleluya y más flores que en las bodas. Pero al final somos egoístas y lloramos por lo que nosotros perdemos en lugar de por lo que ellos ganan. La vida en la Tierra es tan maravillosa que la muerte se ha convertido en un tabú, una peste, un gran mal, un infierno que omitimos incluso de nuestro vocabulario. La muerte es algo natural y así debería concebirse cuando sucede sin más, sin responsables, sin arbitrariedades, sin accidentes. Resulta toda una incongruencia que, mientras lloramos a los que mueren, el Gobierno quiera aprobar una ley para matar a nuestros seres queridos. Lo disfrazan de nuevo derecho ciudadano pero en realidad es un asesinato. Lo llaman "interrupción voluntaria del embarazo" pero es un crimen. Aborto o eutanasia, ambos implican matar a otra persona. Qué paradoja que, mientras los muertos desearían vivir, el Gobierno de Zapatero piensa en nuevas formas de matar. Si a Visi le hubieran aplicado la eutanasia hace un año, se habría perdido este verano con sus nietos y bisnietos. Si la madre de Berta hubiera abortado, ella no habría disfrutado de 26 maravillosos años. Seguro que, igual que Diego, desearían continuar con la vida que tenían, del mismo modo que a nosotros nos gustaría contar todavía con su presencia entre nosotros. Lloramos por no poder disfrutar de otra mañana junto a ellos. Lloramos por no poderles invitar a un café en el bar de la plaza. Lloramos porque hubiéramos querido enviarles un e-mail de despedida. Y no pudimos. Se han marchado con su alegría a otro barrio pero nos dejan una importante lección: vivir merece la pena. Algún día nosotros también estaremos junto a ellos. Hasta que llegue el momento, hay que saber aprovechar el don de la vida.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






