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ROJO SOBRE GRIS

Cárceles que liberan

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
Opinión20-07-2008

En una celda de tres por uno, encarcelado durante 26 años, decidió que no se vengaría de sus carceleros. Su pena era cadena perpetua, pero albergaba la esperanza de ser liberado, y trabajó para conseguirlo, movido por el ideal de seguir trabajando por la libertad. En aquella celda de tres por uno, descubrió que la libertad que habría de conquistar no era sólo la de los despreciados por el color de su piel: había que liberar de su miedo a quienes despreciaban a los negros, y de su deseo de venganza a quienes habían sido denigrados. Era Nelson Mandela. En un campo de concentración nazi, en barracones inmundos, obligado a comportarse como animal para sentir desprecio por sí mismo y sus semejantes, casi inmune ya a la muerte para proteger la propia vida, otro hombre descubrió también la libertad: ésa que no hay muro, ni maltrato, ni tortura que pueda arrebatar, y que es la libertad interior “la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino. (…) Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito”. Era el psiquiatra judío Victor Frankl. Después del holocausto y de ser liberado, se dedicó a descubrir a los hombres ese lugar dentro de sí donde podían hallar la fuerza para encontrar el sentido de la vida. Recuerdo ahora a otro hombre, a Bosco Gutiérrez, un arquitecto mexicano que fue secuestrado. Durante nueve meses en un zulo de tres por uno, descendió al más profundo abandono de sí mismo. Rebozado en sus propios excrementos y queriendo morir, encontró también ese reducto de libertad interior que sus secuestradores no podían ni tocar. Organizó su vida hasta el punto de no tener casi tiempo para todo lo que se proponía cada día: gimnasia, lectura, comida disfrutada con dignidad… Y descubrió que también tenía una misión con sus propios carceleros. Salió de sí mismo. Rezó por ellos. Les ofreció rezar el día de Navidad: “Hoy es Navidad y no hay ni secuestradores ni secuestrado, todos somos hijos de Dios y a las ocho de la noche vamos a rezar”. Les dijo. Así fue. Y, finalmente, pudo escapar. No me digan que no resulta paradójico que un hombre encuentre la libertad cuando su mundo se reduce a un metro por tres, cuando le han arrebatado todo, cuando la incertidumbre sobre qué será de su vida al minuto siguiente se cierne permanentemente sobre su espíritu, cuando cada día se reduce la esperanza de volver a recuperar a sus seres queridos de los cuáles quizás alguno haya muerto… No me digan que no les produce curiosidad experimentar qué es exactamente esa libertad que se descubre justo cuando menos cosas puede uno elegir, justo cuando más dependiente es de otro que, además, no desea ni busca precisamente hacerle sentir a gusto y bien… ¿Estaremos llamando libertad a otra cosa que no lo es? Rojo sobre gris a estos hombres que con sus vidas nos hacen pensar si quizás la peor de las cadenas es ésa invisible cárcel interior que tiene apresada la verdad sobre nosotros mismos.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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