¿TÚ TAMBIÉN?
Noche Áurea

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión15-06-2008
El paisaje, fuente de inspiración en la pintura de Javier Riera (Avilés, 1964), lo es también en su primera exposición fotográfica, de la que podremos disfrutar en el Reina Sofía desde el 13 de junio hasta el 1 de septiembre de 2008. Intuyo que esta apuesta por la fotografía, más que un capricho inesperado por cambiar el soporte, esconde un meditado paso en su proceso artístico -y personal- como amante y contemplador de la naturaleza. Ni sé mucho de arte, ni tampoco de la obra anterior de Riera. Es más, conocí a la persona -como profesor de Bellas Artes en la Universidad Francisco de Vitoria- antes que a la obra, lo cual me lleva a la paradójica y poco habitual situación de que conocer a alguien me revela el sentido de su obra, cuando lo habitual que es que sea a través de los cuadros como lleguemos en última instancia al artista. Así que entiendan estas palabras no como las de un crítico, sino como las de un humilde contemplador admirado que, además, puede divergir en su interpretación de la intencionalidad del pintor. Las fotografías de Riera nos revelan a un tiempo lo racional y lo misterioso, lo matemático y lo onírico, lo natural y lo artificial… y lo hacen con tal serenidad, armonía y mesura presentes en todas las piezas que casi da la impresión de que es dicha sensibilidad, más que lo figurativo, lo que quiere representar. O, tal vez, nos quiera decir las dos cosas: que al aprender pacientemente a mirar la realidad como racional y milagrosa, como distinta e íntima, adquirimos la comprensión adecuada, de la que brota nuestra serenidad. Más que el resultado final… o, mejor: gracias a lo revelador del resultado final, a su “transparencia expresiva”, lo que me atrae de esta exposición -que debe contemplarse en conjunto- es la claridad con que nos revela el misterio que la inspira y las claves para situarnos adecuadamente frente a dicho misterio -el camino y las respuestas deberá encontrarlos cada uno-. Entre las claves que uno intuye quiero comentar sólo cuatro. La primera, que la prioridad de la obra es el paisaje, la naturaleza, la realidad. Ni el artista, ni su mirada, ni su técnica. La segunda, que mirada y técnica -siendo magníficos- están al servicio de lo que la naturaleza atesora aguardando a quien lo sepa revelar. Mirada y los medios expresivos son sólo caminos de aproximación a lo real. Caminos esenciales y, sin los cuales, el secreto no nos sería revelado, pero no son el secreto mismo. La tercera: que el artista es un contemplador, un amante de la realidad que sólo busca conocerla, contemplarla, escucharla, admirarla… y plasmar alguna de sus facetas. La cuarta y última: que “entre” el artista y la naturaleza, y “en” los medios expresivos, se nos revela el misterio de lo real: del hombre, del mundo y de Dios. La comprensión de la realidad, fruto de la verdadera contemplación, no es pura pasividad, ni pura actividad, sino el fruto de un diálogo amoroso entre el contemplador y lo contemplado, fruto que no es sólo “la foto” allí colgada en el Reina Sofía -la foto vuelve a ser un mero medio-, sino la “presencia” invisible que esa foto nos revela cuando, al contemplarla, la comprendemos. Tal vez Riera discrepe de esta interpretación, aunque yo sospecho que no lo hará demasiado. No obstante, nuestro disentir será sin duda con agrado, pues sí coincidiremos en que no importan tanto nuestras miradas, como lo que juntos miramos. Cuando uno acierta en esto, se entreabre una puerta privilegiada a ese lugar donde la vida se ensancha.






