ROJO SOBRE GRIS
Educar con amor, educar el amor

Por Amalia Casado
3 min
Opinión08-06-2008
Son tres hermanos. Tienen 3, 4 y 5 años. El mayor –Alfonso- y el pequeño –Jaime- son chicos. La mediana, Beatriz, niña. No siempre fueron hermanos, y su punto de encuentro son un matrimonio, Ana y Miguel. Se quieren mucho y decidieron formar una familia haciendo virtud de que la naturaleza les abría la puerta a una fertilidad que es la de dar y sembrar amor en quienes no lo han tenido. Los pequeños fueron llegando de México y de dos casas cuna, con historias muy diferentes pero con un destino común: una familia de verdad. Uno se comió un vaso de cristal los primeros días de estar en casa. Otro no sabía lo que significaba “volver” a un lugar, porque jamás había salido del mismo recinto. Se escapaba sin conciencia de estar escapándose, pues jamás imaginó que detrás de los muros en los que creció había un más allá al que ir, ni un lugar al que desear volver. Cuando sales del coche sin decir a dónde vas, aún se te quedan mirando de una forma enternecedora y tremenda, como si existiera la posibilidad de que no fueras a volver. Los he cuidado durante un fin de semana. Apenas sé nada de niños, y me di cuenta de lo difícil que es educar. Compartir con ellos y mi marido esos días ha sido quizás uno de los mejores regalos que me han hecho este año. Me di cuenta que la defensa de la familia no es antojo de un grupo de integristas que quieren armar barullo, sino una de las batallas más importantes quizá del siglo presente. Comprendí el valor de que la familia forme parte de una comunidad de familias que se apoyan y se ayudan en la educación e los hijos y en la renovación del amor esposo-esposa que la funda. En la cama, Alfonso le decía a Jaime una noche: “Tienes que aprender a escuchar. ¿Sabes lo que es escuchar? Significa que si te dicen Basta hay que parar”. Me di cuenta de que, detrás de cada situación maravillosa en la que los niños sacan su grandeza ejemplar, hay unos padres que los quieren y que no dejan de enseñarles. Comprendí que el instinto y la intuición no siempre son suficientes a la hora de educar. En la sociedad actual hay hábitos y creencias que anulan las indicaciones sabias de la naturaleza, por un lado, y que ensalzan otras tendencias que no siempre son buenas guías. ¿A quién no le duele el llanto de un niño? Sin embargo, dotarle a un pequeño de cauces y de orden es indispensable para forjarle una estructura capaz de hacerle un hombre con voluntad y fortaleza para sacar lo mejor de sí mismo. ¿A quién no le cuesta estudiar la manera de explicarle a un niño por qué no se puede tener todo cuando a uno le apetece, o hacer cosas que no le apetecen? Y, sin embargo, el tren de la libertad circula por un doble raíl de renuncia y elección que se aprender desde pequeño. El amor de padre y de madre también se aprende. Es más que un sentimiento, más que una emoción profunda: necesita realizarse, necesita ponerse en práctica, necesita materializarse en actos de amor. ¿Unos hermanos que se quieren? Detrás, unos padres que se quieren y les enseñan a querer. ¿Unos niños que comparten? Detrás, unos padres que les fuerzan a compartir no dándoles todo cada vez que se les antoja algo. A compartir. A obedecer. A comer. A respetarse a sí mismos. Son los padres quienes les enseñan todo luchando cada día contra los berrinches cuando toca dormir y no quieren, cuando toca jugar y quieren hacer travesuras, cuando se hace algo bien y hay que premiarlo adecuadamente. ¿Cuándo ser flexible? ¿Cuándo no dejar pasar? ¿Qué decirles, cómo y cuándo? ¿Cómo hacer bien lo de querer a unos hijos para quienes se busca lo mejor? A convertir el amor de padres en actos de amor que eduquen a los hijos hay que aprender. Hacer del amor virtud: Rojo sobre gris para Ana y Miguel, que me lo han recordado. Y a mis padres, que me educaron también con amor y en el amor educando su amor.
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Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






