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ROJO SOBRE GRIS

Eligió la cumbre

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
Opinión25-05-2008

Se jugaba la vida a cada paso porque vivir de otra manera sería para él la muerte en vida. Pero su objetivo no era el riesgo –“arriesgar por arriesgar, nunca”, decía-. Le movían “la curiosidad” y “no haber perdido el ver las cosas como un niño”; la superación; llegar más alto; batirse con la cumbre y consigo mismo. Ni por dinero, ni por fama, ni por reconocimiento: por que sí, por amor al arte. ¿Qué valor tiene lo inútil? Iñaki Ochoa de Olza falleció la semana pasada en el Annapurna, Nepal. Yo no sabía de la existencia de este montañero, ni de ningún otro. No me imaginaba en qué consistían las vidas de estos hombres y mujeres cuya actividad y biografía sólo suele interesar a los amantes de este deporte y a los vecinos de sus ciudades natales. Es una lástima. En este mundo sin referentes, sus vidas son ejemplares. Heróicas. Simbólicas. Poseen una sabiduría difícil de encontrar entre quienes, en principio, parecemos estar más en el mundo que quienes han elegido la montaña como compañera de vida. Estos hombres ven el mundo de tejas hacia arriba. Ese contacto con la naturaleza, con su inmensidad, con su orden y con su elocuente silencio parece que les acerca más a la verdad del hombre y a la de sí mismos que la comodidad y la tecnología de lo que llamamos mundo desarrollado. También desconocía yo que, sin ponerse una escafandra, un hombre puede contemplar la curvatura de la Tierra. Pero sí es posible. A 8.000 metros de altura, en el Himalaya: “Abajo, en los valles, la noche; y tú, en cambio, estás de día”. Ésta era la visión que más perplejidad le causaba a Iñaki Ochoa de Olza. Había estado 12 veces a esa altura, y murió a 600 metros de volverlo a conseguir, mientras otros 14 alpinistas se jugaban la vida para rescatarlo y a 4 horas de que uno de ellos llegara con oxígeno al campamento en que Iñaki perdió la vida. Porque, eso sí: es de los que escarpaban la montaña cargando con su equipaje y sin oxígeno embotellado. Sin embargo, la montaña también le había regalado una particular relación con la muerte: “No me asusta ni obsesiona. La veo como algo natural de la vida”, declaraba en una entrevista. Cuando le escuché aquellas palabras me pareció un hombre libre de ataduras comunes como la esclavitud de vagar en la vida sin un objetivo, o la de vivir atado de espaldas a la muerte como si la vida durase para siempre y no importara la forma de vivirla, o la creer que se está de verdad en el mundo si uno no se ha preguntado y respondido jamás a la pregunta ¿quién soy yo?. Transmitía esa seguridad de quien ha elegido algo con sensatez, aunque lo que ha elegido parezca una locura que se ha cobrado la vida de varios, las piernas de otros, los dedos de algunos más. Sus palabras en otra entrevista me corroboraron la admiración por la libertad que tenía Iñaki: “¿En qué cree?”, le preguntaban. “ En el potencial del hombre. Es el único animal que decide su destino. El león caza y las cebras o corren o mueren. Nosotros elegimos”, fue su respuesta. A quienes le pedían consejo les decía que no era quién, pero que miraran dentro de sí mismos, que se entregaran en cuerpo y alma a aquello a lo que se sintieran llamados; que fueran conscientes de que dejarían cosas atrás. Y que el ejercicio mental más difícil es salir del sofá y apagar la televisión. Rojo sobre gris a quienes eligen el ascenso a la cumbre, a quienes optan por vivir la aventura de la vida con totalidad, a quienes se la toman en serio sin dejar de ver el mundo con los ojos de un niño. A los Semper Altius, Rojo sobre Gris: porque el mundo necesita héroes.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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