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El profesor se enseña

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión05-05-2008

“El profesor no enseña, se enseña”, escribió Enrique Baltanás en su Molekine sin atreverse a publicarle en su blog… pero al final se lanzó, y esa entrada sus y respectivos comentarios acompañaron mis divagaciones mientras aparentaba seguir de cerca la final del Godó entre Ferrer y Nadal -gran partido, por cierto-. Lo que quería evitar Baltanás es que pareja a la vocación docente fuera la condición de Narciso o de exhibicionista. Lo que no pudo evitar decir es que el profesor tiene mucho de actor y guionista, puesto que representa un rol previamente imaginado frente a un nutrido público. Lo que realmente quería decir es que cada disciplina tiene diversos enfoques y planteamientos y que existen infinidad de modos de exponerlos. Lo que yo quise entender es lo que otro maestro me enseñó a mí y tratamos de vivir en la Universidad Francisco de Vitoria: “La asignatura del alumno es el profesor; la asignatura del profesor es el alumno”. Entre los comentarios a la entrada del blog que ahondan en lo ya expuesto, uno aporta claves y polémica: “Los maestros no enseñan ‘ciencias’, sino una actitud personal frente a la ciencia”. Si esto fuera literalmente así, el narcisismo sería evidente y la asignatura debería mutar su nombre por otro que refleje los hábitos del profesor. Para explicar su argumento postula que la ciencia no es subjetiva porque, de lo contrario, no sería comunicable. Una vez le formularon a Eddington -quien evidenció empíricamente las tesis de Einstein- la siguiente pregunta: “¿Sabe que sólo hay tres personas en el mundo que comprenden la relatividad general?” Él contestó: “¿Sí? ¿Quién es el otro?”. Si la ciencia es comunicable lo es precisamente porque está elaborada por sujetos que se ponen de acuerdo para acercarse a la realidad con un lenguaje compartido. Un lenguaje que no es fácil de adquirir y que exige -cuando hablamos de verdadera ciencia- de inteligencia, voluntad, muchas virtudes -como la constancia, el compromiso, la humildad- un diálogo profundo con el resto de la comunidad científica -que incluye no sólo a los vivos, sino al más numeroso y talentoso mundo de los muertos- y un amor apasionado por la realidad que se pretende conocer. Supongo que si el profesor sirve para algo es, precisamente, para revelar esto y para proponer este camino a sus alumnos. Por eso, y en este sentido, “la asignatura del alumno es el profesor”: porque el alumno amará la ciencia que otro le muestre amable, vivirá las virtudes que le emocionó ver encarnadas en otro y desarrollará su inteligencia conforme vea otra mejor y mayor en pleno y genial ejercicio. Y por eso mismo “la asignatura del profesor es el alumno”, porque él apenas podrá enseñar algo valioso -por objetivo que sea- si su preocupación primera es la objetividad de la ciencia, en vez de hacerse comprender por los alumnos. Por no hacer trampa al proponer algo abandonando el aforismo inicial, yo diría que el profesor enseña si, al enseñarse, se hace a sí mismo transparente y nos revela, tras él, la ciencia. Así lo hacen las palabras y los conceptos, que nos “enseñan” las cosas a las que remiten, haciéndose a sí mismas invisibles. Y así explicaba San Agustín la vocación de maestro en diálogo con su hijo Adeodato. Cuando maestro y discípulo no se cruzan monólogos buscándose a sí mismos, sino que dialogan juntos hacia la verdad, sin duda se muestran desnudos a sí mismos, pero, en esa desnudez, desvelan la verdad que les une y les trasciende y edifican un discurso, y una ciencia, y una vida transparentes que revelan ese lugar donde la vida se ensancha.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach