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SIN CONCESIONES

Una lágrima por Mari Luz

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura3 min
Opinión31-03-2008

Siempre que muere una persona joven sentimos un dolor especial. Nos sobrecoge hasta el punto de pensar que, por prematuro, resulta injusto. Los seres humanos nos hemos acostumbrado a la longevidad como si fuera un derecho adquirido cuando la realidad es otra bien distinta. Todos moriremos algún día por el mero hecho de nacer y nadie, ni siquiera el propio hombre, está capacitado para determinar cómo y cuándo. Los creyentes pensamos que esa es una decisión de Dios. Los ateos suelen buscar otras razones como el azar y los caprichos de la naturaleza. Ninguno de estos motivos tiene explicación cuando la vida se lleva a un joven de apenas 36 años cono Sergio Luyck u otro con poco más de la veintena como Antonio Puerta. Cuando la muerte se ceba así con dos deportistas, ya sea por una dura enfermedad como el cáncer o un súbito fallo cardíaco, el salto al otro mundo roza la injusticia. Pero aún puede ser peor. Cuando el que muere es un niño de apenas siete años, directamente nos echamos a llorar. Da igual que la culpa sea de un accidente de tráfico o de una extraña enfermedad. Pero si la víctima es una niña de cinco años como Mari Luz, a la que un pederasta secuestra y asesina después de abusar sexualmente de ella, las lágrimas se transforman en rabia, en odio y hasta en ánimo de venganza. Su asesino jamás podrá comprender el drama que estos días atraviesa la familia de la niña porque, entre otras cosas, jamás asumirá su culpa. La pederastia no es un delito común. Es una bestialidad propia de animales que caminan sobre dos patas y que tienen trastornada alguna parte del cerebro por algún motivo que la ciencia todavía no ha conseguido explicar. Quién sabe si algún día lo conseguirá o si, como ocurre con la muerte, seguirá siendo una incógnita sempiterna. Nadie merece morir por asesinar a otra persona porque, entre otras cosas, su castigo acabaría demasiado temprano. La pena más extrema que pueda asignarse a alguien no sirve de nada si el culpable no asume su grueso error, si no siente como propio el dolor causado, si no hace propósito de enmienda y si no aprender a esquivar la reincidencia. La pena capital no acaba con el problema de la pederastia ni con el del terrorismo, por mucho que pensemos que muerto el perro, se acabó la rabia. Lo contrario tampoco es una solución. Ser condescendiente con la excusa de la reinserción sólo sirve para premiar al culpable, para darle esperanzas y para impedir que reflexione a conciencia sobre el mal realizado a los demás. Los padres de Mari Luz lloran ahora, llorarán mañana y seguirán llorando cuando, dentro de unos años, su asesino salga de prisión. Por eso y, para evitar que nunca repita lo que ya hizo con Mari Luz e incluso con sus propias hijas, criminales como este merecen permanecer en la cárcel para siempre, con una condena de cadena perpetúa que sólo le permita quedar libre si algún día demuestra que ya no es un peligro para la sociedad.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito