SER UNIVERSITARIO
Las madres de mayo

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión09-12-2007
Buenos Aires, 6 de diciembre de 2007. Son las 9 de la mañana. Hace un par de horas que el sol se asoma por detrás de la Casa Rosada, pero no se decide a salir. No obstante, el escenario y los equipos de sonido están listos. La música acompaña a quienes visten la Plaza de Mayo, fotocopia a fotocopia, con los miles de rostros desaparecidos durante la dictadura. Demasiadas miradas, de muy distintas edades, miran desde los folios en todas direcciones y a todos los que pasamos por allí: bonarenses que salen del Subte (el metro) y corren a sus trabajos después de dos horas de viaje, turistas, algún que otro despistado y varios vagabundos. Dos horas después también el Café Tortoni (el Gijón porteño) ha despertado. Unos turistas se cuelan en el mítico escenario donde aún el silencio suena a piano y tango. Bajo la mirada severa del busto de Borges, un metodista inglés pretende sacarle la plata a un porteño de buena cuna. Dos mesas a la derecha, junto a un espejo gigante, dos hombres trajeados tal vez conspiran. Allí, el chocolate espeso que pidió el turista cuesta lo que seis choripanes en un barrio pobre. Pero el sol ya brilla fuera del Tortoni, y la política del pueblo no es de sombras, mentiras y susurros, sino de luces y gritos bien altos, de esos tan evidentes y nobles que cualquiera aplaude públicamente. Un centenar de colegiales de entre 9 y 11 años son los primeros en tomar la plaza. Están allí, de la mano de sus profesores, porque una Madre con edad de abuela -una madre con pañuelo blanco sobre el cabello blanco- fue al cole y les explicó el valor de la memoria. La memoria de unas madres que no olvidan a sus hijos, aunque gobiernos democráticos y militaristas, mafias oficiales y oficiosas, los hicieran y hacen desaparecer -el último, hace unos meses, era testigo en un juicio sobre las barbaridades de los 70-. Es la marcha número 1602 de unas madres que llevan reuniéndose 30 años, cada jueves, a las 15.30, en la Plaza de Mayo. Unas madres que sólo quedaban para consolarse unas a otras, para contarse sus historias, para hablar de sus hijos. No supieron entonces porqué esa plaza, ni porqué ese día, ni porqué esa hora. No supieron las que llegaban antes, ya desde la mañana, que conmoverían a cientos de personas con sus conversaciones particulares a pie de calle. Pero la plaza, el día, la hora y las apariciones tempraneras tenían una poderosa fuerza escondida. La fuerza de la calle, del pueblo, del boca a boca, del dolor de la infame injusticia y del coraje de las madres. Todos los jueves aparecen allí las madres. También otros, advenedizos, aprovechan para reivindicar muchas cosas. Es parte del carácter porteño: no sólo es inevitable, hay que aprender a quererlos así. Porque, aun así, las madres y su lucha no pierden fuerza; la ganan. El porteño se acerca a las Madres porque sabe de su grandeza. Son, tal vez, la única institución confiable en el país del engaño institucionalizado. Quizá porque, aun asociadas, no son ni institución, ni partidistas, ni de izquierdas, ni de derechas. Son Madres, madres con corazón de madre, madres con coraje de madres, madres con misión de madres… y esa humanidad es, quizá, la mejor aportación política que pueda ejercer cualquier ciudadano -cualquier ser humano- en cualquier estado de derecho.






