ROJO SOBRE GRIS
A Dios

Por Amalia Casado
2 min
Opinión18-11-2007
Casarse. Algo tan definitivo como la muerte. Algo que para siempre lo cambia todo. Es renuncia y es regalo al mismo tiempo. Es como una poda que conlleva el desprendimiento de muchas cosas que han sido de una forma y no volverán a ser así. Es también un horizonte nuevo hacia el que no te diriges sólo, sino de la mano de quien será para siempre tu compañero. Es ilusión: la de conquistar juntos ese proyecto común; la de configurarlo juntos; la de compartirlo con otros. Casarse es descubrirse pequeño. Pequeño ante algo más grande que uno mismo, imposible de abarcar, pero llamado a ello de forma misteriosa. Quieres retenerlo todo, y no puedes; quieres ser consciente de todo, y no puedes; quieres entenderlo todo, y no cabe; sentirlo todo, y no brota. Lo recibes todo, y no lo mereces. Casarse es descubrirse querido: por quien una a la tuya su vida de forma indeleble, poniendo en tus manos todo su ser y aceptando en las suyas todo lo que tú eres. Querido por quienes sacan lo mejor de sí mismos para acompañarte en el camino desde ya, desafiando sus temores, sus limitaciones, su falta de tiempo y sus discrepancias para mostrar que te quieren. El amor lo puede todo. Nos hace gigantes frente a cualquier enemigo interior o exterior que tire de nosotros hacia abajo. Casarse es un descubrirse decidiéndote a ti mismo: redescubrirse hijo, y querer ser un hijo mejor; como hermano, y querer ser hermano mejor; como amigo, y querer ser amigo mejor. Es decidirse alianza, y promesa; y esposa, y amor. Es descubrirse en algo tan grande que, con lo pequeño que uno se sabe, no puede haber nacido de uno mismo sino de Quien lo es todo. Rojo sobre Gris a Dios, por el regalo que me ha hecho de conocerle, porque llena mi vida de sentido; de verdad, de belleza, de unidad. De amor.
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Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






