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SER UNIVERSITARIO

Cómo aparcar a la abuela

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión18-11-2007

Es de rigor que el adolescente se considere a sí mismo como inmoral, independiente, poderoso, capaz de todo, autónomo. Forma parte de la evolución psicológica natural. El niño todo lo necesita, es absolutamente dependiente, y ha conformado su mente, hábitos, formas de pensar, etc. de manera acrítica, por imitación de padres, educadores, amigos y otros modelos que provee la cultura de su época. Por eso, para llegar a ser libre y maduro, se hace necesario que su propia psique le invite a la rebeldía, a pensar por sí mismo, a hacer “hipótesis” de su propia tradición y a desarrollar su propia personalidad, confirmando lo mejor de lo que le enseñaron y desterrando lo nocivo o equivocado. Sin embargo, pese a esa sensación subjetiva del adolescente, lo cierto es que nunca dejamos de ser dependientes. Es más, el proceso de maduración consiste, también, en redescubrir nuestras dependencias y a quienes dependen de nosotros. Consiste en aceptar nuestros límites y nuestras responsabilidades. Una persona sabia y madura se sabe dependiente y deudor de muchos: padres, amigos, todo tipo de agentes sociales que nos facilitan la vida, como el transporte, la alimentación, la educación de nuestros hijos… además de una historia, un idioma. Una persona sabia y madura sabe, también, que muchos dependen de él, y que lo que él haga o deje de hacer condiciona mucho la vida -las posibilidades, las alegrías, los pesares- de otras personas. La Ley de Dependencia que ha aprobado este Gobierno ha suscitado pocas polémicas. A todos parece buena y la única crítica consiste en que la casuística que propone está alejada de la realidad, y que no hay presupuesto que apoye y refrende las buenas intenciones de la norma. Sin embargo, cabe reflexionar sobre el sentido de la norma y sus modos de aplicación. Si esta norma pretende ayudar a las personas dependientes y a los familiares encargados de cuidarlas, estamos de enhorabuena. Será una ley subsidiaria, de apoyo y ayuda a las responsabilidades que unos familiares tienen con otros. Una ley que dará medios a la hermosa tarea de cuidarnos unos a otros, de sabernos dependientes y necesitados, de obligarnos a ese gesto de amor que nos hace mejores y nos regala felicidad, al ayudar desinteresadamente a quienes lo necesitan. Si esta la norma pretende sustituir el cariño familiar y las relaciones humanas por un trato aséptico y profesional, estamos de luto. Si esta norma sirve para que los “no-dependientes” no pierdan el tiempo, el dinero y la paciencia cuidando a sus familiares “defectuosos”, estamos de luto. Luto por el amor. Réquiem por una sociedad humana. Y, desgraciadamente, éste parece el sentido de la norma. Una norma que no nace para apoyar ese gesto generoso de amor entre los hombres, sino para parchear la desatención entre familiares, hermanos, conciudadanos. Nunca existió una ley de Dependencia antes, quizá porque no era necesaria: la familia, ese ámbito en el que uno pasaba de la inocencia infantil a la autonomía juvenil y a la madurez en el cuidar y dejarse cuidar, era la respuesta. Hoy, con la institución familiar en crisis -el número de divorcios y separaciones casi iguala al de matrimonios, entre otros datos y leyes preocupantes-, le pedimos al Estado lo que nuestro hermano, esposa o hija no quiere darnos. Así, una norma que nos conciencie y ayude a que todos ayudemos -aunque sea económicamente- a quienes necesitan ayudar para atender a sus familiares, es para sentirse orgullosos. Pero una norma que consiste en que paguemos entre todos para que el estado se haga cargo de personas que son lastre para nosotros, es para morir de vergüenza. Querido lector, le deseo lo que he vivido yo: una familia de la que poder depender, y depender mucho, hasta saberse amado por sí mismo y haga lo que haga. Y le deseo, lo que me deseo para mí: la generosidad para atender, y atender mucho, a todos los que se cruce en la vida y le necesiten.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach