SER UNIVERSITARIO
Mirar la política con grandeza

Por Álvaro Abellán
4 min
Opinión10-11-2007
“No me parece que lo más importante de la sentencia del 11-M sea la afirmación de que no hay sombra de la participación de ETA en el atentado”, he defendido en diferentes foros. Muchos me han tachado de seguidismo al Partido Popular y algunos me han dado la razón, sosteniendo que lo importante es que el atentado nada tiene que ver con la guerra de Iraq y que no hubo por ningún lado terroristas suicidas. Entono el mea culpa, porque ejemplifiqué mi afirmación con la política de comunicación del PSOE y eso dio pie a que otros se metieran con la del PP y el debate se perdiera por derroteros superficiales y distintos de los que yo pretendía. No obstante, el ejemplo nos da una pista del lamentable nivel en el que se mueve la Opinión Pública en España. Mi afirmación trataba de denunciar la estrechez de miras de quienes se empeñan en leer toda la realidad bajo el prisma de las ideologías de partido. Sobre el 11-M apenas se ha hecho una sola reflexión pública seria, pues lo urgente de las lecturas electoralistas se impuso a lo importante del acontecimiento histórico y de la tragedia humana y no hemos sido capaces de darle la vuelta a la situación. Pronto hablamos de si ETA o guerra de Iraq, cuando la reflexión realmente importante es sobre el papel que juega España en el nuevo panorama internacional. Superada la guerra fría, las relaciones internacionales giran hoy en torno a dos polos enfrentados y difícilmente conciliables: las democracias liberales sustentadas en un sistema capitalista de consumo y el fanatismo islámico. En ese panorama, España aparece como una democracia liberal que además ha sido el único territorio del que el Islam ha sido expulsado y es, por lo tanto, una de las reivindicaciones sistemáticas de los fanáticos (desde siglos antes de la guerra de Iraq, por cierto). ¿Cuántos políticos han planteado esta cuestión? Pocos. ¿Qué medio de comunicación ha trabajado a fondo este debate? Ninguno. Lo normal es conformarse con el “No ha sido ETA” o el “No es por Iraq”. Pero no sólo tenemos un debate pendiente desde hace tres años, sino que esta sentencia es muy sugerente y suscita muchas preguntas y reflexiones más allá de lo electoralista, algunas de gran calado y otras, sencillamente, muy humanas. Buena parte de la prensa internacional, por ejemplo, denuncia que en la sentencia no se identifiquen con seriedad los autores intelectuales de la masacre -que fueron los suicidas de Leganés parece dar demasiadas cosas por sentado-, reflexionan sobre la profesionalidad en la instrucción del caso y sobre la sensibilidad de la Justicia respecto de los juicios paralelos de la prensa y los políticos. Entre las reflexiones muy humanas llama la atención cómo los medios de comunicación siguen hablando de 191 o 192 víctimas mortales (según incluyan al GEO muerto en las explosiones suicidas de Leganés o no), cuando la sentencia contempla 194. El juez, el realmente implicado en tanto trabajo y sometido a tanta presión y ruido de los intereses de los poderosos, se ha acordado de las dos criaturas más inocentes, silenciosas y débiles de toda esta historia: dos no-nacidos, dos seres humanos que murieron en el vientre de sus madres y cuya muerte pagarán también los condenados, porque el juez no se olvidó de contar a los que la prensa ignora. Y no sólo los contó, sino que contó con ellos al redactar la sentencia y explicar, detalladamente, cómo los asesinos eran responsables dolosos de esos dos abortos penados por la ley. Pero como eso no da ni quita votos, ¡para qué perder el tiempo en contarlo! Mientras la prensa aliente las lecturas electoralistas -sea por aplauso o por denuncia- y no sea capaz de mirar más allá, será directamente responsable de la degeneración intelectual y moral de la democracia. De una democracia incapaz de pensar en grande -su posición en el mundo- ni en pequeño -la humanidad de sus protagonistas-. El problema no está en las revistas de corazón ni en la telebasura, que siempre han tenido su público y sus actores. El problema está en las secciones de Política, meros altavoces de los eslóganes de partido, donde muchos periodistas carecen de la necesaria formación política. Entender de verdad la política exige formación, exige apertura y exige grandeza. Exige capacidad para sobrevolar los acontecimientos y para conmocionarse con lo humano. Y si los periodistas no son capaces de esto, además de perpetuar la actitud de nuestros políticos, impedirán la formación de un clima público más sano y conciliador y la formación de una base social con más criterio. Sin ese clima, sin esa base social, de democracia nos quedará sólo el nombre.






