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SIN CONCESIONES

Día de la Persona Normal

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura3 min
Opinión01-07-2007

Una gran fiesta. Esta es la mejor definición del Día del Orgullo Gay. Lo que en teoría es una manifestación se convierte en la práctica en una multitudinaria juerga a la que es difícil resistirse. Música, danza, disfraces variopintos, carrozas... La reivindicación queda en un segundo plano. Lo importante es pasarlo bien, disfrutar y ofrecer una imagen divertida. Muchos de los que acuden a la marcha no son gays pero asisten para compartir el jolgorio, disfrutar con el ambiente y contemplar la fauna humana. El Día del Orgullo Gay se ha convertido en la protesta de mayor éxito en España por el mero hecho de camuflar la reivindicación con plumas, conciertos y toda clase de excesos. La forma predomina sobre el fondo a la hora de reclamar su derecho a ser como ellos quieren ser. Los homosexuales apelan a la libertad para ser distintos a los demás pero al mismo tiempo claman igualdad para tener reconocidos los mismos derechos. He ahí la cuestión. Aseguran que son iguales al resto aunque el modo de demostrarlo pone de manifiesto lo contrario. Para promulgar su orgullo gay salen a la calle en calconcillos, publicitan abiertamente su promiscuidad, llaman la atención con vestidos estrafalarios y se dan besos de tornillo encima de un camión. Esta es su particular manera de defender que son personas como cualquier otra. Sin embargo, hacen aquello que jamás haría el resto para convencernos de que son iguales. Y si alguien no comprende sus motivos, que no razones ni argumentos, apelan entonces a su libertad. Desde finales del siglo XX, la libertad se ha convertido en el principal recurso para justificar lo injustificable y para autoeximirse de todas las responsabilidades. Eso no es libertad, sino libertinaje. Flaco favor hacen a su imagen e intereses quienes así enarbolan la bandera del arco iris bajo los conceptos de fiesta, sexo y desenfreno. Ser homosexual en realidad es mucho más y muy distinto a lo que promociona el Día del Orgullo Gay. En España hay grandes escritores, artistas e intelectuales que son homosexuales y no por eso salen a la calle casi desnudos para pavonear su orgullo. Defienden sus ideas y derechos todos los días -en lugar de uno- sin grandes alharacas. Son la otra cara de quienes dicen luchar por ser iguales en derechos con las parejas heterosexuales aunque de hecho sea imposible serlo. La reforma del matrimonio civil solventó una de sus principales exigencias pero el tiempo ha demostrado que únicamente se trataba de una reivindicación caprichosa y oportunista. Las cifras hablan por sí solas: apenas 7.000 homosexuales se han casado desde que la norma entró en vigor hace dos años. El dato supone el 0,00015 por ciento de la población española. Todavía es más esclarecedor si pensamos que por cada matrimonio gay que se produce en España, se formalizan otros 244 entre un hombre y una mujer. La lógica lleva a pensar que el Día del Orgullo Gay no es más que una campaña para presentar como normal lo que los números demuestran que no lo es. La marcha rosa debería tener respuesta en otra del Día de la Persona Normal en la que decenas de millones de españoles saliéramos a la calle para expresarnos tal cual somos, sin horteradas ni escandaleras. Quizá fuese sosa, grisácea y plúmbea. Pero sería más real y sensata que ese artificio de extravagancias aparentando ser normales.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito