SIN ESPINAS
Educación para la libertad

Por Javier de la Rosa
3 min
Opinión03-06-2007
Imagínese que va tranquilamente por la calle después de haberse hecho un estupendo corte de pelo para afrontar los calores del verano. De pronto, alguien por detrás, le da una espectacular colleja que resuena hasta en el otro lado de la calle. Aturdido, y antes de que se dé cuenta del escozor que invade su pelada nuca, su agresor le lleva 70 metros de ventaja y corre hacia el infinito como alma que lleva el diablo. Si un cómplice del gracioso que le ha hecho eso hubiera grabado el tortazo con una mini cámara o un móvil, ya tendríamos un contenido televisivo para emitir en prime time. Sin embargo, a usted que es la víctima sólo le importa saber una cosa: ¿Por qué me han pegado? ¿Qué he hecho? ¿Cuál es la razón de tan estúpido e irracional comportamiento? Imagínese ahora que usted no es el protagonista de esa misma embestida sino que la ve por la tele en uno de esos realities que empezaron con los Videos de primera de Alfonso Arús y ahora plagan las parrillas de programación. No me negará que lo primero que incitará en usted esa visión será una fuerte carcajada. No digo que usted sea morboso y seguidamente no se pregunte por qué demonios le han dado esa bofetada al hombre del vídeo, pero imagínese que cuando empieza a formulársela, la televisión ya le está ofreciendo una secuencia todavía más escabrosa que atrapa su atención en el nuevo estímulo visual. Efectivamente, ya no hace falta esperar a la emisión de un programa de puro entretenimiento para encontrar este tipo de imágenes, puesto que lo que todavía se conoce como género informativo está plagado de estas y de otras muchas más salvajes. Frente al viejo adagio de informar, formar y entretener, los medios de comunicación han optado por mostrar la parte de la realidad que de algún modo u otro entretenga, enganche al receptor en sus redes y le inocule la dosis publicitaria correspondiente para seguirlo manteniendo en el Matrix consumista del siglo XXI. En este sentido, en vez de informar de la verdad y de formar en lo bueno, se entretiene para captar y se seduce para vender. Se miente y se censura para manipular y se deforma para crear una escala de valores donde una supuesta libertad humana se convierte en bien supremo al que queda supeditado todo, incluso, la misma vida y la verdad de las cosas. ¡Que necesaria y que buena es la diversión para descansar tras un duro día de trabajo! Uno se sienta en el sofá, se desenchufa y a continuación enciende la televisión. A esas horas y ya sin defensas no me obligue usted a preguntarme el porqué de las cosas porque le cambio de canal ipso facto. Aunque sabemos que si lo ojos se nos ponen como platos al ver una muerte más por violencia doméstica, un cayuco lleno de personas muertas de frío y hambre en la orilla de una playa o los restos del desastre provocado por un suicida en Iraq, la pregunta sobre el porqué resuena aunque sea en el fondo de nuestro corazón. Y los medios que nos contestan. ¿Nos dan alguna respuesta, nos aportan algún dato que nos ayude a formar nuestro criterio, nos dan alguna razón para que entendamos lo acontecido y podamos exigir o hacer algo para poner una solución a ese horror que nos muestran? No, en aras del entretenimiento, siempre pasan a la siguiente noticia o, peor, a la publicidad.






