ROJO SOBRE GRIS
Desde la fila de atrás

Por Amalia Casado
2 min
Opinión20-05-2007
Deseé que cualquier persona en el mundo tuviera, al menos una vez en la vida, la oportunidad de disfrutar de algo como aquello. Una experiencia en la que confluían el pasado, el presente y el futuro; los primeros y los últimos; los visibles y los invisibles. Recuerdo lo que un amigo cuenta de cómo se imagina la llegada al cielo. Le gusta pensar que en ese momento veremos cómo nuestras vidas han repercutido en las vidas de muchos otros, y cómo la de otros han influido en la nuestra, como si de una red de eslabones se tratara. El sábado pude rozar un pedazo de ese cielo para bajar de nuevo renovada, como si se tratara de otra oportunidad, como entendiendo algo más de mi vida, de su sentido, de su valor. “El valor de tu rosa es el tiempo que has perdido en ella”, le dice el zorro al Principito, o lo que es lo mismo: el valor de tu rosa es cuanto la has amado, cuanto de ti has dejado en ella, cuanto por ella te has entregado. Desde hace 20 años, personas que ni me conocían se dejaban la piel por algo que también iba a ser para mí, para mi felicidad, para que yo encontrara mi sitio en el mundo, que no es un lugar, sino una forma de ser que ellos iban encarnando de generación en generación. Y no eran testigos de sí mismos, sino de otro: del Otro. Desde hace 2.000 años, eslabón a eslabón, millones de personas ha creído y experimentado que, por ellos, un hombre, entregó su vida y resucitó. Y que era el Hijo de Dios. De entre todos sus testigos, uno, hace 60 años, también le dijo sí. Y muchos han conocido a Cristo gracias a él. Este Rojo sobre gris es para esos dos hombres del que el sábado no se habló, pero al que casi todos los que conocen la historia tenían en el corazón. El primero dijo sí a Dios hace 60 años. El segundo, que le siguió, estaba sentado detrás, como en la primera actividad hace 20. Él decía hace unos meses que “convertirse” es despertar al anhelo de ser una persona madura. Y que maduro es aquel que no desconecta de la raíz profunda de las cosas, el que tiene siempre presente aquello por lo cual las hace. Decía que maduro no es el hombre que cree, sino el que hace una experiencia real de eso que cree, el que lo baja de la cabeza al corazón. Y que la distancia entre ambos es infinita. Porque convertirse es un recorrido infinito, siempre necesitaremos a Juan Bautista, el que re-conoce. Y a quienes nos enseñan a recorrer ese camino porque lo encarnan, no por su gloria, ni por su fama, sino por la eternidad, desde la fila de atrás.
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Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






