SIN ESPINAS
El gran capitán

Por Javier de la Rosa
2 min
Opinión14-05-2007
Desviarse un grado del camino puede ser devastador. Los marineros como Juan Sebastián Elcano sabían que esa pequeña equivocación podría abocarle a la muerte junto a toda su tripulación. Un grado más o menos marcado en la brújula al fijar el rumbo podía suponer terminar en Alaska cuando se pretendía llegar a la Tierra del Fuego. Esta misma disyuntiva es la que ha de plantearse cada persona en el viaje de su vida. Un viaje largo donde ese pequeño extravío apenas se aprecia cuando el trayecto recorrido es poco; pero que puede ir acrecentándose inexorablemente a medida que nuestra trayectoria vital avanza. Y está claro, que todo ser humano prefiere llegar a su destino que perderse. Este dilema se plantea con especial fuerza en la clase política. Y ahora que entramos en periodo electoral, estaría bien que todos -políticos y votantes- indagáramos sobre esta cuestión. En el mapa político, el correcto trazado de nuestra ruta nos llevará a las tierras cálidas del bien común, mientras que una mala elección de la itinerario hará que demos con nuestros huesos en la frías, áridas y profundamente solitarias tierras del interés personal. Por eso, el marinero sabio escoge la brújula precisa que más confianza le inspira. Esa que le marca siempre el norte, incluso en medio de la oscuridad, de la tempestad o de la niebla. El navegante prudente no escatima el aprendizaje de todos aquellos conocimientos legados a través de la tradición por los grandes capitanes de navío. Esos que conocieron los trucos de la mar porque superaron su miedo y osaron desafiarlo. El marino humilde que al reconocer que no es nada al lado de la inmensidad del océano se monta sólo en aquella barca cuya madera resista siempre los golpes del oleaje y aguante las fisuras por las que siempre se cuela algo de agua. Sólo así, tanto el marino como el político, no sucumben en las profundidades del mar, de la corrupción del poder y del dinero, del egoísmo, de la falsa fama que es la infamia y del subjetivismo ideológico que sólo responde a la ambición personal de imponer la sola visión de la cosas. Porque el buen marinero sabe que sólo podrá llegar a buen puerto si cuenta con su tripulación. Por todo eso, los votantes debemos elegir a un buen capitán, ese que guíe la nave del país en el que vivimos teniendo más fe en la brújula que le indica el norte del bien común que únicamente en su propio criterio.






