SIN CONCESIONES
El milagro de las elecciones

Por Pablo A. Iglesias
4 min
Opinión13-05-2007
Me van a permitir un poco de corporativismo. Rápido entenderán este inusual ejercicio de egocentrismo que los profesores de Periodismo prohibimos tajantemente a nuestros alumnos. Escribo estas líneas a 10.000 metros de altura, sobre las turquesas aguas del Océano Atlántico, nada más abandonar el aeropuerto marroquí de Agadir, después de haber dormido apenas tres horas, tras una interminable e intensa jornada laboral de 19 horas y en vuelo camino de la isla de Gran Canaria. Somos unos 40 periodistas metidos en un avión de hélices cuyo zumbido apenas deja escuchar la conversación que delante de mí mantienen Carmen y Belén, dos excelentes compañeras del periódico La Vanguardia y de la agencia EFE. Detrás de mí son muchos los que duermen con caras desencajadas y cuerpos retorcidos al cabo de apenas dos días de campaña electoral. Hoy cometemos una de esas locuras en las que, con frecuencia, incurrimos los periodistas para cumplir esa misión apasionante que consiste en ser testigos de unos hechos para luego informar sobre ellos. A nosotros, estas elecciones, nos ha tocado perseguir por toda España a Mariano Rajoy. Otros tantos hacen lo mismo con Zapatero y Llamazares. En total, debemos de rondar los cien. La campaña electoral es como un Gran Hermano salvo en dos claras excepciones. Primero, aquí no percibimos ningún premio ni sobresueldo por aguantar hasta el último día. Segundo, las cámaras que portan los colegas de televisión por suerte graban a los políticos y no a nosotros. Pero, como en el programa que hicieron famoso en España un tal Ismael y una chica llamada Ania -con apellido idéntico al mío-, aquí no hay intimidad. Esto ya lo aprendí en mi primera experiencia hace ya cuatro años. Los secretos vuelan tan rápido como cambiamos de ciudad –tres distintas cada día-. En ocasiones, las anécdotas de esta caravana llegan en tiempo real a las de nuestros amigos que cubren la información del PSOE o IU. Es uno de esos milagros que convierten en peculiar y extraordinaria esta experiencia que todo periodista debería sentir al menos una vez en la vida. Sin embargo, las excepcionales circunstancias, los madrugones, los larguísimos desplazamientos en avión o autobús y las noches transformadas en siesta por la agenda frenética de los políticos ponen a prueba tanto la resistencia humana como los límites de la paciencia. Es en esos momentos de debilidad cuando surgen crisis vocacionales, de salud, amorosas e incluso existenciales. Pero casi siempre sucede el milagro. Llegas al destino, enciendes el ordenador y, por supino que sea el cansancio, las palabras fluyen para transmitir con veracidad aquello de lo que somos testigos. Entonces, la misión adquiere sentido. Los mismos compañeros que anhelan volver a casa agarran el bolígrafo para tomar nota de todos los detalles. Quienes más han protestado por la intempestiva hora en que sonó el despertador atienden concentrados a cada palabra que pronuncia el político encima del atril. Los que arrastraban sus cuerpos agotados y somnolientos son quienes ahora corren más que ninguno para cumplir la hermosa y compleja tarea de informar. Ellos no ocupan páginas de periódicos como Rajoy o Zapatero, sino que las escriben. Ellos no pronuncian titulares grandilocuentes para las portadas de las revistas, sino que les dan forma. Ellos no aparecen en las fotografías ni en las imágenes de televisión, sino que permanecen detrás de ellas para que usted, querido lector, pueda saber con minuciosidad cuanto sucede en una campaña electoral. Luego, cuando pase la cita con las urnas, ellos mismos tildarán de milagro el triunfo de no sé qué candidato en no sé que ciudad, ellos mismos hablarán de la épica victoria de no sé cuál partido en no sé cuál comunidad, ellos mismos alabarán las hazañas –y los fracasos- de nuestros gobernantes. Lo que no dirán es que el milagro está detrás de Zapatero, Rajoy y Llamazares. El milagro es el arduo e incuantificable trabajo que llevan a cabo cientos de personas para que el ejercicio democrático de votar sea posible. Desde los responsables de organizar los mítines hasta los ciudadanos anónimos que conforman las mesas con las urnas. Lo que tampoco dirán mis compañeros es que ellos son parte de este gran milagro que entraña unas elecciones. Desprendidos de todo ego y con renuncia a cualquier mérito, lo que nunca, nunca, nunca escribirán es que la verdadera épica y hazaña de esta campaña electoral la hacen ellos. Al menos, tengan aquí un merecido reconocimiento.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






