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SER UNIVERSITARIO

¿Que celebramos qué?

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión01-04-2007

El calendario litúrgico cristiano lleva cuarenta días preparando el acontecimiento más importante para sus fieles: la muerte y resurrección de Dios. ¡La muerte de Dios! ¡Que celebramos la muerte de Dios! Por un lado, tengo la impresión de que estamos demasiado acostumbrados a nuestras fiestas porque, de lo contrario, esto de que alguien celebre “la muerte de Dios” no debería dejarnos indiferentes. Por el otro, creo que ni siquiera los más devotos podrán acostumbrarse nunca: ¿Acostumbrarnos a la muerte de Dios? ¿Cómo es eso posible? ¿Cabe, siquiera, comprenderla? Si cayéramos como extraterrestres en este planeta y viniéramos a parar a Sevilla (España) -o a cualquiera de las tierras pobladas por el 70 por ciento de la humanidad, que se confiesa cristiana-, alucinaríamos. Resulta que para celebrar el acontecimiento más importante de nuestra religión, comemos menos y renunciamos a la carne los viernes. Resulta que la celebración más notable de nuestra religión incluye la muerte injusta de nuestro Dios, de la que nosotros mismos nos sabemos responsables. Resulta que el símbolo de nuestra religión es precisamente “el Crucificado”, Él en la cruz, como lo sería hoy un electrocutado en la silla, o un ahorcado en la soga. Celebrar semejante injusticia, la de matar con nuestras manos a un Dios que se hace hombre y débil para salvarnos, sólo puede hacerse por un motivo: la cruz es también la resurrección. La muerte es la vida definitiva. Nuestra maldad, cuando nos arrepentimos, nos pone a las puerta de una plenitud como ningún otro hombre puede soñar: “Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor”, se oirá estos días en millones de Iglesias del orbe. “¡Qué conmoción sacudiría al mundo si leyéramos un día en la prensa: Se ha descubierto una hierba medicinal contra la muerte! Desde que la Humanidad existe, se ha estado buscando tal hierba. […] La Iglesia nos anuncia hoy con triunfal alegría: esa hierba medicinal contra la muerte se ha encontrado ya […] Jesús ha resucitado y no volverá ya a morir. […] Todos nosotros podemos hacernos ya cristianos con Cristo, e inmortales. Pero, ¿cómo?”. Así reflexionaba el futuro Benedicto XVI en su obra El rostro de Dios. Inmortales con Cristo, participando de su eternidad, de su inmortalidad, de su divinidad. Liberados de la muerte, de la culpa, del sufrimiento sin sentido, de las angustias, de todo mal. Por siempre y para siempre. La pregunta es: “¿Cómo?” Ésta grave pregunta fue una de las muchas que se discutieron en las primeras universidades, allá por los siglos XI y XII. Quizá la más importante que pueda discutirse nunca. Por eso es muy universitario, además de muy humano, preguntarse en serio por lo que tres cuartas partes del planeta celebra hoy más o menos conscientemente. Porque si esto es verdad, si existe una respuesta capaz de saciar todo anhelo del hombre y de superarlo más allá de todo sufrimiento, de toda injusticia, de toda muerte, la pregunta no es ya ¿cómo es posible que celebremos esto? Sino: y yo… ¿puedo?

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach