ANÁLISIS DE ESPAÑA
El petardo azul

Por Alejandro Requeijo
5 min
España14-01-2007
Recién terminados los exámenes del primer trimestre, a los curas del colegio no se les ocurrió otra cosa que llevarnos a toda la clase de fin de semana a la Sierra para tener allí unos ejercicios espirituales. Estas convivencias consistían en encerrar a treinta fieras en un convento en silencio absoluto. Tan sólo estaba permitido hablar durante las comidas y el resto del tiempo a reflexionar. Y claro, la segunda noche, tras cuarenta charlas con su reflexión y todo, pasó lo que tenía que pasar. Los dos bandos irreconciliables de la clase nos enzarzamos en una guerra sin cuartel con los petardos que nos habíamos llevado “por si acaso los curas se estiraban y nos daban una tardecita libre”. Al ver que ésta no iba a llegar, sumado al malestar por habernos robado nuestra fiesta de fin de exámenes, decidimos hacer la guerra por nuestra cuenta. Y nunca mejor dicho. Sin cortarnos un pelo, en medio de aquel largo y oscuro pasillo del convento empezamos la batalla. El número de petardos que tiramos fue lo suficientemente alto para no recordarlo, pero la verdad es que nadie nos llamaba la atención, así que seguimos. Reconozco que transcurrida algo así como una hora de enfrentamiento, el bando contrario nos tenía rodeados. Mi grupo aguantaba estoicamente los envites recluido en una de las habitaciones. Colocamos muebles en puertas y ventanas para evitar cualquier resquicio a la derrota, pero ésta parecía inevitable. En eso, uno de los que estaba en el cuarto resistiendo al asedio recordó, “¡todavía nos queda el petardo azul!. Aquel trabuco media cerca de 20 centímetros y el que lo había comprado decía que era el que usaban en los estadios de fútbol. Era nuestra última carta, al menos para amedrentar al rival y ganar algo de tiempo. Con un poco de suerte hasta se despertaba el cura y ponía fin a lo que iba a ser una humillación segura. Entonces surgió la discusión de siempre cuando un grupo de chavales se disponen a hacer algo de lo que seguramente más tarde se vayan a arrepentir: “¿Quién lo tira?”, o lo que es lo mismo, en caso de que nos pillen, ¿a quién le cae el marrón?. Entre los golpes en la ventana, que no cesaban, y el típico, “hemos sido todos”, se escuchó un rotundo “lo hago yo“. Miguel, uno de mis mejores amigos que era de Pamplona y los tenía cuadraos el tío. Dicho y hecho, aprovechando que el fuego del enemigo parecía haberse relajado unos minutos, entre todos retiramos la cama que hacía tope en la entrada, abrimos unos centímetros la puerta y el navarro soltó nuestra bomba de Hirosima particular acompañada de un contundente “estos se van a cagar”. A los pocos segundos el petardo azul reventó, y con él todas las bombillas que malamente alumbraban el pasillo. El estruendo fue inimaginable. El olor a pólvora inundó todas las habitaciones. Empezamos a correr como locos hacia nuestro cuarto, esquivando los cristales, quemándonos los pies con las brasas que soltó aquel zuriagazo y con un pitido en el oído que duró algunos minutos. La habíamos liado y lo sabíamos. Entre carrera y carrera, los de un bando nos cruzamos con el otro. Pero nada importaba ya, tan sólo camuflarse entre los dormidos que habían permanecido neutrales en la batalla. Se levantó el cura, -uno de ellos porque al otro le habíamos encerrado- y nos puso a todos firmes en el pasillo. En la vida le habíamos oído gritar tanto, estaba histérico. Mandó recoger los cristales y luego les pegó una patada hacia donde estaba la fila. Pero entre todos sus gritos hubo uno que me llamó especialmente la atención. “¡Vais a acabar con mi vocación!”, dijo. Y nos dejó toda la noche ahí, de pie en el pasillo. Con frío, sueño, cristales en el pelo y, sobre todo, mucho miedo al día después, le di vueltas a aquella frase. Luego lo he vuelto a hacer muchas otras veces. Me llamó la atención la importancia que teníamos para aquel hombre que estaba dedicando los mejores años de su vida a un grupo de niñatos. Me asustó esa responsabilidad y esa influencia sobre lo más importante para un sacerdote, su vocación. Todos nos sentimos culpables y, como era de esperar, mi amigo Miguel tuvo que acabar confesando en solitario. El caso es que estos días me ha vuelto a la memoria aquella frase del Padre Grisanti. Pero esta vez no ha sido por culpabilidad sino por todo lo contrario. Después de meses y meses de petardeo, la clase política ha tocado fondo. La poca esperanza que quedaba para una posible unión entre populares y socialistas se ha visto definitivamente disipada con el esperpento protagonizado en torno a las manifestaciones de repulsa al último atentado de ETA. ¿Qué le falta al PP para sumarse a una marcha que clama “contra el terrorismo y por la paz“?. ¿A qué juega la AVT? ¿Quién ha invitado a la Unión de Actores a azuzar un fuego que ya va sobrado de leños?, ¿Qué hace el portavoz de la Federación de Asociaciones Ecuatorianas de España recriminado al PP su actitud?, ¿Qué ha hecho el Gobierno para evitar que el nuevo Pacto Antiterrorista se centre en acabar con ETA en y no con la oposición?. El sentimiento es de hastío, impotencia y rabia. De ver como ETA se debe estar frotado las manos. De ver como nuestros dirigentes están más lejos que nunca de la sociedad a la que dicen representar. Perdidos en su guerra de petardos diarios no reparan en su responsabilidad. No piensan en la influencia que sus acciones tienen sobre lo más importante para una ciudadanía, su democracia. Ésta se debilita cada día por el cansancio de unas disputas que no interesan a nadie. Si de verdad quieren terminar con ETA, deberían empezar por dejar de armarla. Petardo a petardo han acabado tirando su propio petardo azul sobe algo tan fundamental como las esperanzas de paz de todos los españoles. No obstante, esta vez, como aquella, no ha hay un sólo culpable. En esta ocasión podrán confesar aquello de “hemos sido todos”. Sería un comienzo. Que asco.
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Alejandro Requeijo
Licenciado en Periodismo
Escribo en LaSemana.es desde 2003
Redactor de El Español
Especialista en Seguridad y Terrorismo
He trabajado en Europa Press, EFE y Somos Radio






