SIN ESPINAS
Perdidos

Por Javier de la Rosa
2 min
Opinión11-11-2001
Anuncio en el periódico, sección demandas: "Sociedad descreída busca ídolos". Oferta: famosillos de medio pelo dotados de una prominente estulticia intelectual. Son apañados. Incitan y retuercen su morbo hasta provocarle la excitación mental que usted aconseja a su organismo después de una jornada de estrés, falsas ataduras morales y frustraciones psicológicas. La imagen tan decadente que exhiben en las más de ocho horas diarias que la tele dedica a sus andaduras, permite que su ego se vea acrecentado a la voz de: "Estoy salvado. Yo no soy tan imbécil como estos" También tenemos cantantes; estrellas de Rock, Pop y Chof que vierten profunda filosofía en las letras de sus canciones y copan nuestras inquietudes estéticas con sus originales tendencias en peluquería, corte y confección, moda baño, entretiempo y noche de concierto. Luego están los actores, que de verdad o de mentira, son todos los que salen en pantalla -grande o pequeña- o en la foto. ¡Cuidado no se muevan! No se muevan que se les corre la sombra de ojos, se les nota la arruga o no sale favorecida la penúltima dermochorrada que se han hecho. Dijo alguien muy sabio que el hombre pasa en su vida por tres fases. Cada una acentuada en los estadios de evolución y madurez del individuo. La primera la estética, la segunda la religiosa y la tercera la espiritual. Resulta que el hombre de hoy se ha quedado en la estética. Por eso, sólo puede hacer héroes tangibles y sólo cree en lo que se pueda ver. Por eso es que le choca el asunto del héroe anónimo. ¿Cómo admirar? ¿Cómo creer, Dios mío, en alguien que no podemos ver? Ruedas de prensa anónimas, cartas con la expresión de la voluntad general anónima, críticas anónimas al héroe anónimo. No es suficiente ¿verdad? Hay que ponerle cara a ese objeto tan abstracto de nuestra necesidad. A costa de su vida si hace falta ¿no? Asco tengo del que portara -uno o dos días después de la hazaña del héroe- una cámara, un micrófono o una pluma en la puerta de su casa; asco del empresario o jefe que mandara a su periodista a ese lugar y asco del que defienda que hay que dar publicidad al ejemplo de un ciudadano anónimo para aprovechar la coyuntura y generar una conciencia social que, por otro lado, ya existe entre los españoles. Verás donde va a ir nuestra conciencia cuando el anónimo deje de ser anónimo. Para ese viaje no harán falta muchas alforjas porque ya estaremos perdidos.






