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SIN ESPINAS

"Progre" Gallardón

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura2 min
Opinión15-10-2006

Da mucha pena ver como Gallardón continua su escalada de despropósitos. La conciencia veleta que tantos réditos le proporciona es algo a lo que no está dispuesto a renunciar. Por eso los socialistas no pueden competir con él, porque Alberto siempre está dispuesto a ir más allá que nadie. La última de este gobernante faraónico es perseguir a los dueños de un restaurante de la capital que ha estimado no dar servicio a una pareja homosexual que quería celebrar allí el banquete de su “boda”. Lo peor de todo es que ni siquiera estos dos señores presentaron ninguna denuncia ante la oficina de consumo sino que el propio consejero delegado de Economía del Ayuntamiento, Miguel Ángel Villanueva, ordenó abrir, de oficio, el expediente. De está manera los hábiles dirigentes del consistorio se protegían de las inexorables arremetidas de “discriminación intolerable" que pocos días después IU y el PSOE iban a proferir. Así, Gallardon se pone la venda incluso antes de la herida y aparece ante la opinión pública una vez más como adalid de la progresía. Pero el problema de la claudicación es que es muy difícil recuperar el terreno perdido. Por eso, la dictadura de lo políticamente correcto se concreta cada día más. En este caso, el derecho de admisión que tiene el propietario sobre el cliente se juzga discriminatorio por la moda que parece que impera en la opinión pública. Pero es que por encima de juicios relativos y coyunturales, está la libertad personal. Y si en la política de la empresa está definido no celebrar bodas homosexuales, estás personas deben buscar un lugar donde la política de la empresa incluya este tipo de celebraciones. ¡Que cada día hay más! A mí jamás se me ocurriría decir que me han discriminado por no dejarme entrar en un restaurante en el que exigen chaqueta y corbata para poder entrar. Pues permanece intacta mi libertad para elegir otro restaurante si no me es posible cumplir la norma que el dueño del restaurante en uso de su libertad ha decidido exigir a su clientela. El problema de esta dictadura encubierta en la que vivimos es que cada día, en aras de la defensa de una minoría que ha estado discriminada, se le están otorgando derechos y privilegios que no les corresponden ni a ellos ni a nadie. Y lo peor, se viola la libertad de quien tiene derecho a decidir como quiere llevar su negocio, le reporte eso más o menos dividendos. En este caso, el atropello que se quiere cometer es que el cliente pueda imponerle al propietario lo que tiene que hacer en su restaurante. Y así seguimos construyendo un mundo al revés en el que los pájaros terminarán lanzándose contra las escopetas.

Fotografía de Javier de la Rosa