SER UNIVERSITARIO
Penosas virtudes

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión09-09-2006
Un alumno me abordó minutos antes del examen de septiembre: “¿Qué virtudes entran, las del libro o las que nos dijo usted? Es decir, ¿las buenas o las malas?”. El chico entendía por “buenas virtudes” aquellas de las que se siente alejado: prudencia, justicia, fortaleza, templanza. Por “malas”, entendió las cosas que él hace habitualmente y que yo propuse en clase, tomándolas de Ortega y Marañón como las propias de la juventud: rebeldía, risa, amistad, amor y entusiasmo. Está muy introducida en la mentalidad del hombre medio la creencia de que las “virtudes” son cosas pesadas, difíciles, para los raros a los que les gusta sufrir y sacrificarse como pobres infelices. Mientras que las “pasiones” y “sentimientos” como la risa, el amor, la rebeldía, etc., siendo “malas”, son divertidas y más acordes a las esperanzas y sueños de todos los “normales”. Si semejante dislate ha permanecido en el tiempo desde que el hombre es hombre, desde la LOGSE y su “pinta, pega, colorea, no estudies y pasa de curso”, mucho más. Pero lo cierto es que Ortega y Marañón -y yo en mis clases- definen muy bien cada una de esas virtudes en su contexto. La virtud de la rebeldía, para el médico, no es la rebelión ciega contra todo lo establecido, sino una “generosa inadaptación a las imperfecciones de la vida”. Es decir, un entregarse con esfuerzo y sacrificio para mejorar lo que está mal, y para defender lo que está bien. La risa, dice Ortega, nos abre al mundo y nos muestra que nuestra alma puede vibrar en el trato con lo distinto de ella misma. Pero dice también que, para no caer en la risa vacía o cruel, ésta debe completarse con la amistad (que exige un reconocimiento y un colaborar esforzadamente con el otro); y ésta, para no dispersarse, necesita del amor (exclusivo y fiel, a través del cual uno ve toda su realidad transformada y enriquecida por la persona amada); el cuál aun debe abrirse a toda la realidad, para transformarse en entusiasmo. Me pregunto yo si ser en este sentido rebelde, risueño, amigo, amante y entusiasta no es mucho más difícil, sacrificado y noble que ser fuerte o justo. O, más bien, y como decía Aristóteles, si acaso para ser y tener grandes amigos, para amar y ser amado en plenitud, para reír plenamente feliz, ¿no hay acaso que intentar ser justo, prudente, atemperado y fuerte? Y, si un alumno no lo ve así, ¿de qué entusiasmo o rebeldía habla? ¿Qué amistades y qué amor está viviendo? Como él mismo dice, serán “de las malas”. Pero, amigo lector, en este mundo traidor, ¿quién le culpará por ello? Pongámonos nosotros los primeros a igualar alegría y virtud. Que el ejemplo haga el resto.






