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SIN ESPINAS

La familia: célula de Amor

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura2 min
Opinión09-07-2006

Los católicos creemos y tenemos la esperanza firme de que el bien, la bondad, la belleza y en definitiva el Amor van a terminar reinando de manera plena, total y absoluta. ¿Cuándo? ¿Dónde? Son coordenadas misteriosas que no se nos han desvelado. Por otro lado, si la paz, el amor y la felicidad reinaran ya en nuestros corazones ¿nos importaría la fecha y el lugar? Es más, si viviéramos con plenitud un gozo eternamente imperturbable ¿querríamos entender el por qué de tanta dicha? Cuando me pregunto si será posible que en este mundo, antes de la nueva venida del Señor, quede construida la civilización de la Justicia y el Amor, no sé responder. Tal vez por ignorancia teológica, tal vez por idealista, tal vez porque entiendo mal que es eso de que “venga a nosotros tu Reino”. O tal vez también porque pretender ser instrumento de Dios para ayudarle a construir ese Reino que nos está preparando es la mejor manera de alimentar la esperanza. A ese respecto soy alegremente realista. Porque doy testimonio de que he visto y he vivido en lugares y entornos que bien podrían considerarse embajadas del cielo aquí en la Tierra. Ambientes donde la confianza, la fraternidad, la generosidad y el resto de manifestaciones del Amor son destilados por doquier. Se trata, sí, de pequeños reductos donde la grandeza humana traspasada por el Amor divino calienta los corazones de las personas que allí habitan. En esos lugares es posible crecer porque uno no sufre la crudeza de la intemperie a la que le expone una sociedad cada vez más competitiva, individualista y desconsiderada con la dignidad del hombre. Allí los vientos y mareas quedan aplacados por la fuerza de la unidad en la Verdad y en el Amor; que van forjando en roca a la persona plena. Frente a la tempestad, el suave soplo del Espíritu Paráclito nos consuela y nos guía; y las modas que vienen como tsunamis son devueltos a la profundidad del mar de donde salieron. Aplacados y amainados por la mano lenta pero segura de la prudencia, la sabiduría, la paciencia y la perseverancia y el perdón. Ese lugar es la familia, un espacio insustituible donde uno se da cuenta de lo que importa como ser humano, de lo que vale por lo que es amado y por lo que puede llegar a amar. El hogar, ese espacio donde habita la familia, se llama así porque antiguamente era el espacio donde se hacía la lumbre. Hogar, focus, fuego. El sitio en torno al cual la familia se reunía para cocinar y alimentarse, para protegerse de la intemperie unidos en el amor que a la par calentaba sus corazones. Si nuestro cuerpo social se compone cada día más de esas células sanas, de células donde habite la Caritas, sin duda, será posible una sociedad, un mundo donde reine la Justicia y el Amor.

Fotografía de Javier de la Rosa