SER UNIVERSITARIO
Política con las víctimas

Por Álvaro Abellán
4 min
Opinión11-06-2006
La reflexión sobre las víctimas del terrorismo es, en sentido amplio, una cuestión política. Política, pero no partidista. Cada vez que alguien pronuncia públicamente la mera posibilidad de un cierto partidismo, fortalece a ETA y debilita al Estado de Derecho. Porque el Estado de Derecho debe ser uno con los débiles y uno frente al terror. Aunque la barrera que separa el apoyo a las víctimas del apoyo a un partido político parezca a veces confusa, sea por culpa de algunos partidos o incluso de algunas víctimas, debemos saber estar por encima de eso. Apoyo incondicional a las víctimas, y punto. Cuando uno se engaña en dialécticas de partidos, en matices de oportunidad política, o en la pulcritud respecto de intereses secundarios corre el riesgo de acabar su vida como espectador crítico del tendido cinco sin haber bajado jamás al ruedo. Sin haber acertado ni errado, sin haber vivido. Tanta paja mental entre el “ser o no ser” sólo puede acabar en tragedia, como bien enseñó Shakespeare en su Hamlet. Pero los hay peores: los hay que bajo la cobarde excusa de la imparcialidad toman equidistancia sistemáticamente. Pervierten el sentido clásico de la virtud, que no es el término medio entre dos extremos (verdad o mentira; buenos o malos; etc.), sino entre dos pasiones (entre cobardía y temeridad, valentía). Porque respecto del bien y la verdad, la virtud es seguirlas hasta el extremo. Sólo desde las dialécticas perversas descritas en el párrafo anterior pueden entenderse las miserables declaraciones de José Blanco cuando escucha a Otegi al tiempo que dice que la voz de las víctimas “no es oportuna”, o el asqueroso sentir de De la Vega al sostener que la manifestación convocada por éstas “carece de sentido alguno” o “es contraria al proceso de paz”. Para Zapatero y el diario progubernamental resulta que Otegi está “haciendo gestos valiosos hacia la paz” mientras que la manifestación de las víctimas es “contra la paz”. Sólo desde estas dialécticas perversas puede hablarse de dos bandos que han de ceder, de una paz fruto de concesiones ganadas con asesinatos de inocentes. Pero también bajo esta dialéctica están quienes dicen no ir porque la manifestación está politizada y quienes consideran que el PP o las víctimas deberían colaborar. Fue Teresa Jiménez Becerril quien no pudo aguantar más y gritó esa verdad tan sencilla y a la vez tan sepultada bajo las tibiezas morales de tantos y tantos que relativizan las cosas: “Mi cuñada Ascen, la noche que la asesinaron, llevaba tres flores porque al día siguiente sus niños las tenían que llevar al colegio, porque era El día de la paz. No llegaron a ningún sitio, se quedaron en el suelo manchadas de sangre. Esas flores eran más auténticas que las que algunas actrices regalaron en la puerta del Congreso. […] Nadie puede venir a decirme que ambas partes tienen que ceder, que este conflicto ha causado dolor a ambos bandos. Pero ¿qué bandos? ¿qué conflicto? Y, sobre todo, ¿qué paz? No, señor Zapatero, usted no tiene mi bendición para buscar una paz que yo no puedo explicar a los hijos de mi hermano, cuando me pregunten ¿cómo acabó ETA? Y yo les conteste que ETA no se rindió, que quien entonces gobernaba decidió aceptar lo que cuando mataron a sus padres [y por lo que mataron a sus padres] era inaceptable”. Es evidente que la política con las víctimas es difícil. Es evidente que conviene aparcar la memoria emocional. Es evidente que el fin del terrorismo exige el esfuerzo y el sacrificio de todos. Pero es también evidente que el primer interlocutor y aliado del Gobierno en este asunto debe ser el principal partido de la oposición. Y también es evidente que la primera sensibilidad social escuchada debe ser la de las víctimas. De ahí que absolutamente toda la acción del Gobierno de Zapatero en este asunto no sólo está profundamente desviada; es también injusta e inmoral, como lo es la de quien aún escribe, mira o habla desde la barrera, como si esto no fuera con él o como si fuera un digno mediador o conciliador entre dos partes legítimas y saludables que han de solucionar un par de problemas de convivencia. A todos esos hubo quien les dijo: “porque eres tibio, ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”, pues ni sabes que eres “mezquino, miserable, pobre, ciego y desnudo”.






