SER UNIVERSITARIO
‘Prostituta en la Gran Vía’

Por Álvaro Abellán
4 min
Opinión16-04-2006
“Una sombra de mujer, un mal reflejo / de insípida muñeca de escaparate. / Algo muy extraño la tiene en otro mundo, / unas veces más alto, otras más profundo. / Lleva media sonrisa en sus labios pintados / porque lleva dolor y medio en el costado. / Es una, es dos y todas juntas a la vez: una que es sólo dolor y maldice su suerte / y otra que dice: un día más en la calle; / no sé si reírme o echarme a llorar; / si lloro, eso a nadie le importa / y si en cambio río, nadie lo notará”. A nadie parece importarle el drama de las prostitutas. La medida más sencilla es no tomar medidas. Prohibirla entre las leyes y olvidarla en la conciencia, como si así el problema dejase de existir. Muy propio de países como EE.UU., donde penalizan la oferta y la demanda de “servicios sexuales” y todo consiste en multas baratas y arrestos de prostitutas que son soltadas y arrestadas día sí, día también. “El príncipe azul de los cuentos de hadas / vive entre Serrano y Castellana, / lleva un coche gris con lunas tintadas / y compra siempre el periódico en la Gran Vía. / Y la pobre espera que el príncipe un día / pueda ver más allá del suplemento / y del color salmón de la sección de Economía. / Quizá entonces ella sea una princesa / que viva en un palacio cada día: / ayer en el Palacio de la Música / y hoy en el Palacio de la Prensa”. Quienes dicen tomarse la prostitución en serio hablan de su regularización como un modo de trabajar más. Esta presunta “dignificación” del trabajo de la calle” consagra el mercadeo de carne humana al ponerlo en las páginas sepia del diario y llenarlo de esos números que hacen seria y digna cualquier actividad del siglo XXI. El caso de Holanda, el más evidente, no es alentador: la prostitución ha crecido un 25 por ciento; la infantil ha aumentado de 4.000 a 15.000 niños; el 85 por ciento de las “trabajadoras” son víctimas del tráfico sexual -es decir, esclavas, y no precisamente autónomas-; y, por último, la violencia contra estas mujeres se ha multiplicado. Normal: si la mujer es un pedazo de carne para el desahogo, cuestión de matices parece el cómo relarseje. “Pero la Princesa vive algo más retirada, / al otro lado de la Plaza de España; / una mujer con ventura, un alcalde y un marqués. / Resulta difícil ponerse a su altura / y más difícil a la de El Corte Inglés. / Y sin príncipe ni marqués, una marquesina / pone descanso a los rigores de las esquinas / y espera que llegue por fin un servicio especial, / fuera de ruta y con enlace directo / a la estación de tren de todos los sueños, / pero quien compra el abono a ningún lugar / no llega lejos ni usando el Metro”. El intento político más prometedor para ayudar a las prostitutas a salir de su situación parece el de la abolición, método al que se ha sumado Madrid mediante su Plan Contra la Explotación sexual de la Concejalía de Servicios Sociales, llevada por Ana Botella. La abolición consiste en penalizar la demanda, pero no la oferta; y en dedicar importantes esfuerzos económicos para ofrecer alternativas laborales dignas a las prostitutas, así como formación para ellas y sensibilización a la sociedad para que rechace sin miradas románticas ni falsos prejuicios esta gravísima lesión de la dignidad. En Suecia, año 1999, se aprobó una normativa en esta línea: en apenas cinco años, las calles de Estocolmo han visto desaparecer de las calles a dos tercios de sus prostitutas y la demanda ha caído en un 80 por ciento”. “El príncipe azul que has creído tú ver / es conductor de una línea de la EMT / que para cinco minutos y vuelve a coger de nuevo su ruta por la Gran Vía. / Y la pobre espera que el príncipe un día / le pida junto a la máquina expendedora / que suba esta vez a hacerle compañía. / Quizá entonces ella sea una princesa / y vuelva a tener 25 años de edad. / La esperanza es lo último que perdemos; lo primero, la inocencia y la virginidad”. No obstante, la batalla de las leyes no es la más importante y quien descanse con ella no ha comprendido nada. Toca, más bien, pasear por las calles y mirar a esas mujeres como mujeres; ni como pedazos de carne ni como parias sociales. Toca mirarlas como madres y hermanas. Parece que sólo los poetas, como quien fue inspirado a escribir estos versos -maese Manuel Rupérez-, son amigos de las prostitutas, quizá porque ellos mejor que el resto saben lo que es prostituir el espíritu de la intimidad poniéndole precio de mercado como a tantos más productos comerciales. Y entre los poetas, más amó el mayor de todos ellos, pues hace 2000 años dio su vida hasta resucitar para mirar como hermana a la Magdalena y evitar que ella, y cada uno de los que vendemos nuestra alma cada día, seamos capaces de mirarnos como hermanos.






