ROJO SOBRE GRIS
Beatriz

Por Amalia Casado
1 min
Opinión16-01-2006
Fui a visitar a una amiga que ha tenido a su primer hijo. No es la primera vez que voy a un Hospital con ese motivo, pero sí la primera que caigo en la cuenta de que en estas ocasiones uno no repara en el olor a hospital, el color de hospital y los olores de hospital. Un nacimiento es una fiesta. Beatriz nació un sábado. En el último empujón, el ginecólogo le dijo a su madre que ella misma se sacaría a la niña. Le puso las manos en la cabeza de su hija, y en presencia de su padre, Beatriz vino al mundo entera, sana y en el seno de una familia que la quiere desde antes de ser concebida. Uno se emociona al pensar en la sabiduría del cuerpo humano. El cuerpo de la mujer tiene ciertas características naturales con un fin en la maternidad. El timbre de su voz, por ejemplo, es diferente que el del hombre para que el bebé, ya desde el útero, pueda percibirlo y conocerlo. En los brazos de la mujer, entre el hombro y el codo, se acumula más grasa que en el del hombre, de manera que al acunar a un bebé, la grasa proporcione calor y un apoyo mullido al bebé. Nada de esto quiere decir que sólo la mujer pueda hablarle a un niño, o que sólo ella pueda acunarle, pero algo dice la naturaleza sobre la importancia especial de la mujer, y su diferencia con el hombre, también especial, en la vida de un bebé. No, Beatriz: no somos iguales. La misma dignidad, los mismos derechos ante la ley, pero hombres y mujeres no somos iguales. Rojo sobre gris a quienes ayudan a que cientos de mujeres elijan tener a sus hijos en lugar de abortar.
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Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






