SER UNIVERSITARIO
Viva nuestro Ejército

Por Álvaro Abellán
4 min
Opinión08-01-2006
El Ejército español, como institución y comunidad en la inmensa mayoría de sus integrantes, es uno de los grandes valores que han hecho posible la Transición española. Además de asumir su papel constitucional con mayor respeto, fidelidad y honor que la mayoría de nuestros políticos, han evolucionado hacia una profesionalización envidiable que les convierte, en varios campos -tácticos, tecnológicos, saber hacer en situaciones de ayuda humanitaria-, en una referencia mundial. Véase la participación de nuestros cascos azules en varios rincones del globo o la privilegiada presencia de la Álvaro de Bazán integrada en la fuerza de ataque del Roosevelt estadounidense. El Teniente General José Mena Aguado, en su discurso el día de la Pascua Militar, ha recordado las obligaciones del Ejército según el artículo ocho de la Constitución. Además hizo otras interesantes valoraciones que expresan, contundentemente, la merma en derechos y dignidad que sufrirían la gran mayoría de los espanoles de aprobarse el Estatuto tal y como está. Sean universitarios: lean el discurso y no hablen de oídas, de veras que merece la pena. Lo polémico en las declaraciones de Mena no es su cita al artículo ocho de la Constitución (el deber del Ejército de intervenir en caso de que la Soberanía Nacional peligre); en eso sus declaraciones son similares a las del Rey el pasado día de la Hispanidad, a las de Bono en el Parlamento hace unos meses o a las del Jemad cuatro días después de que se aprobara el Estatuto en el Parlamento de Cataluña. Tampoco plantea discusión real -sólo en el podrido ámbito de la política- su afirmación de que el Estatuto, en su actual redacción, es claramente inconstitucional. Lo realmente problemático de sus declaraciones es que un militar de tan alto rango (número dos del Ejército de Tierra) se permita, contra el reglamento militar, hacer una valoración política sobre asunto tan delicado y cuya solución podría ser el uso de la fuerza militar. Paradójicamente, lo problemático no es la verdad -muy verdadera- de lo que dice: lo problemático es quién lo dice -porque ese no es su papel-, y que lo dice. Que lo dice es especialmente traumático porque no hablamos de un hombre alocado, ni de un político -como casi todos- de pacotilla, sino de un hombre que ha entregado su vida por este país durante más de 40 años y que nos recuerda: “No olvidemos que hemos jurado, (o prometido), guardar y hacer guardar la Constitución. Y para nosotros, los militares, todo juramento o promesa constituye una cuestión de honor” (¿podría decir esto algún nacionalista de los que prometen la Constitución?). Es decir, cuando Mena Aguado sostiene esto, sostiene una tesis que refleja el sentir de un sector importante del Ejército. Es suficiente recordar las declaraciones en su apoyo del Grupo de Estudios Estratégicos en La lealtad sancionada y la Asociación de Militares. Estas declaraciones de un militar español eran previsibles hace 20 años. Pero, hoy, sorprenden. Gracias al honor militar y al saber hacer político, creíamos que habían pasado a la historia. Pero resulta que no, y sólo hay una explicación: la irresponsabilidad gravísima del coqueteo de Zapatero con los nacionalismos. Los primeros que deberían entonar un mea culpa son la corriente zapaterista del PSOE pero, en lugar de eso, se apuntan un tanto de trasnochada progresía dándoselas de gallitos (le va ese papel a López Garrido) por hacer callar a un militar. No podemos esperarlo de los nacionalismos periféricos: los roviras, que incitan a arrancar páginas de la Constitución, están encantados con esta situación que divide al “estado español” y, por cierto, nadie les pide que cesen del cargo. Cuando el Rey reiteró también el día de la Pascua Militar y por tercera vez en apenas unos meses que es necesario “recuperar el camino del consenso”, no sé qué entenderá el PSOE: porque sigue negociando un Estatuto, una ley que afecta a la estructura de nuestro país, sin contar con el PP, partido que aglutina a casi el 50 por ciento de los españoles. De seguir así, poca medida serán los arrestos domiciliarios.






