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SIN ESPINAS

La política del tapujo

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura2 min
Opinión08-01-2006

Estamos en un país en el que lo que piensa mucha gente no se puede decir. A la política la verdad le escandaliza, ¿saben por qué? Porque viven en la mentira, en el fariseísmo, en la hipocresía y en la falsa diplomacia. Por eso, lo que ha dicho el teniente general José Mena le causa bochorno a todo el mundo. Para los nacionalistas: inadmisible e inaceptable. Para los socialistas: indisciplinado y susceptible de arresto domiciliario. Para este PP de hijos de Pilatos: una causa que aprovechar para acusar al Gobierno de no tener controlados a sus generales; y para tirar la piedra y esconder la mano advirtiéndole al PSOE de que estas cosas son “el reflejo de la situación que estamos viviendo", que es lo mismo que echarle la culpa a Zapatero sin decir que apoyan las palabras del militar. La tibieza no puede ser mayor por parte de todos estos políticos, porque el militar -acertado o no- es el único que se moja. Pero además es que el señor Mena no amenaza, ni siquiera advierte; sólo enuncia un condicional. Si se da A podría darse B, es decir: “si los límites que marca la Carta Magna "fuesen sobrepasados", sería de "aplicación el artículo octavo de la Constitución". Situación lógica si es cierto que nos creemos nuestras propias reglas de juego. Sin embargo, cuando a la verdad se le otorga una validez subjetiva en vez de universal, todo está sujeto a la manipulación más desproporcionada. He aquí un caso más que nos conduce al sinsentido, a la esquizofrenia de un país donde sus ciudadanos no pueden sentirse orgullosos de su bandera sin preguntarse al mismo tiempo si se estarán volviendo unos extremistas. Estas cosas muestran lo análogo del concepto de las dos Españas. Efectivamente, también hay una clara división entre la España pública y la España privada, entre lo que se dice delante de un micrófono y una cámara y lo que se dice en el despacho y en casa, entre lo que dice la clase política y lo que piensa la ciudadanía. La pregunta es: ¿si los nacionalistas tienen derecho a reclamar lo que les de la gana -incluido romper España- qué legitimidad nos otorga a nosotros nuestra Constitución para defender su unidad?

Fotografía de Javier de la Rosa