CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
El precio de la música

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión25-09-2005
En algún lugar dejé escrito que no creo demasiado en ese invento de la Modernidad llamado “derecho a la propiedad intelectual”. Primero, porque no creo que un pensamiento u obra digna de ese nombre quepa oficialmente acotada bajo una forma perfecta y acabada en el cofre de una oficina pública. ¿Qué clase de obra de la inteligencia humana podemos decir que está perfecta y terminada? Segundo, porque aún no conozco un solo pensamiento u obra que pertenezca realmente a un solo autor. Sería ridículo conversar con un orgulloso intelectual o artista capaz convencido de que sus obras o ideas carecen de influencias determinantes de otros autores a los que, supongo yo, correspondería también una parte de esa “propiedad intelectual”. Y esos, a su vez, serían deudores de otros autores… y, así, hasta el principio de los tiempos. Frente a esta paradoja, un Estado omnipresente y unos artistas e intelectuales desagradecidos y egocéntricos intentan poner vallas al pensamiento y al arte. Si una frase es plagio o intertextualidad… si tres acordes seguidos son copia y dos y medio suponen originalidad… Estupideces. Imbecilidades de quienes ponen precio a las obras y a las ideas, es decir, imbecilidades de quienes confunden cultura y pensamiento con mercado de consumo. Esta situación me lleva a simpatizar con el fenómeno del Top manta, realidad que merece un análisis más profundo que el de la estricta reflexión sobre legalidad/ilegalidad. Basta revisar la oferta en los metros y calles populares de nuestro país -o el top de los más bajados de la red- para descubrir que lo único que se intercambia es la música más comercial. Nadie piratea un disco de artistas de calidad; y todos piratean los discos más comerciales, más promocionados, más de consumo. La piratería, en definitiva, es un fenómeno comercial y mercenario que se vuelve contra quienes primero rebajaron la cultura a negocio lucrativo y producto de consumo. Los que pusieron precio a “sus” ideas y obras son los únicos que se quejan de que otros comercien a sus espaldas con ellas. Los que nunca se pusieron precio a sí mismos siguen ganando el dinero que su gente, fiel a la cultura -con esa fuerza con la que no se puede ser fiel al dinero-. La cultura se agradece, se respalda, se reconoce. Pero no se vende. Quien la prostituya, que se atenga a las consecuencias.






