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CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR

Propiedad intelectual

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión17-07-2005

San Anselmo, padre del más que estudiado “argumento ontológico”, escribió aquel opúsculo sobre la existencia de Dios en el siglo XI. No quiso firmarlo, pues no veía mérito personal en aquellas palabras, inspiradas por su “maestro intelectual y espiritual” (San Agustín) y nacidas como respuesta natural a la petición de sus propios discípulos. El obispo de Canterbury consideraba que aquel escrito tenía poco de él y que era, más bien, fruto comunitario de la red histórica y actual de personas con las que había tenido la fortuna de encontrarse. La actitud de San Anselmo era la tónica general en la Edad Media. Impulsada, seguro, por la clara cosmovisión del hombre de Iglesia: comunitario, fraternal, colaborador. Pero sostenida también por el sentido común: ¿Podría existir la obra cumbre del Medioevo, la Suma Teológica, sin los cientos de autores y obras allí referenciados, discutidos, confirmados o refutados? ¿Podría cualquier intelectual o artista empezar una sola obra sin el estudio o la contemplación inspiradora de obras anteriores a la suya? ¿Parte algún ser humano de cero, sin deberle nada a nadie anterior a él? ¿Cuándo empieza una idea propia y terminan las ideas heredadas? ¿Inventa uno, siquiera, un lenguaje propio, o asume otro, elaborado por generaciones durante siglos? El auge del individuo frente a la comunidad y el sistema de mercado han impulsado la “profesionalización” de la cultura. El hombre contemporáneo se cree dueño absoluto de sus ideas, autónomo en su creación literaria y artística y hombre “hecho a sí mismo”. El canon sobre los CD y demás celos de la SGAE hacen que, en España, esta situación se vuelva especialmente desagradable y se cree el caldo de cultivo apropiado para jornadas como las del Copyfight, encuentro que analiza estos días en Barcelona las barreras que impone la propiedad intelectual a la creación artística. “¿Podría hoy Andy Warhol elaborar sus famosas serigrafías pop sin ser demandado por infringir las leyes de propiedad intelectual? Cuántas patentes de imagen tendrían hoy que pagar Marcel Duchamp y los dadaístas para montar sus collages?” Son las preguntas que se formulan en estas jornadas. Pero la reflexión acogida en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona no deja de ser paradójica. En el fondo, expone la contradicción de estos adalides de la libertad llamados “creadores” u “hombres de la cultura” que nos venden libertad de pensamiento al tiempo que nos cobran por escucharles ideas que no son suyas. Es cierto que todos debemos ser, en cierto modo, hombres de nuestro tiempo. Es razonable, pues, que en una economía de mercado el “hombre de la cultura” cobre por el servicio que ofrece a la sociedad. No obstante, quizá debería empezar por reírse de sí mismo, bajarse del pedestal y reconocer que su labor no es totalmente suya. Sólo desde esa perspectiva enfocará el problema de la propiedad intelectual con la cintura necesaria como para no estrangularse a sí mismo.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach