CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
Mísero de miserias

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión30-09-2001
"Por favor, deme una humilde miseria". Su petición era tan extraña que aquel mísero, enjuto de aspecto y peticiones, acumuló las desdichas e infortunios de cientos de madrileños. Se llevaba los agobios de los demás a mantas y, así, reblandecía el rigor de las frías noches de invierno. Menesteroso de problemas, tenía el cuidado de no aceptar cualquier cosa, sino lo más miserable. A cambio, a menudo, solía regalar paradojas. De esas que no se compran en el mercado porque no tienen precio. Un hombre de negocios, de huesos ligeros y espíritu calcificado, que nunca le regaló uno solo de sus muchos problemas, le preguntó al mísero madrileño por qué se empeñaba en pedir miserias en vez de comida o trabajo; por qué se jactaba de no tener nada en lugar de proveerse de lo necesario. "¿Sabes lo único que de veras necesito? -le respondía- Que me des alguno de tus problemas". Como no le podía entender -"El que tienes problemas eres tú", pensaba el hombre trajeado-, el indigente le regaló el misterio para entender los misterios: "Cuando intenté meter en mi cabeza el desprendimiento y la humildad del hombre, mi cabeza casi explota. Lo que hice fue introducirme yo en el desprendimiento y la humildad". Como el hombre de negocios pareció dudar, el menesteroso insistió: "Por favor, regáleme el problema más pequeño que tenga". El mísero de miserias rara vez podía resolver las desgracias personales. "Si fueran problemas y tuvieran solución, nosotros seríamos meras ecuaciones", le dijo a una confundida mujer maltratada. Sin embargo, casi todas las personas que le daban alguna de sus desdichas salían reconfortadas. No es verdad, pero la leyenda dice que el mísero llevaba consigo un puñado de lluvia, una pizca de lágrima y aspecto de recién duchado. La lluvia es a veces un alivio, como el llanto, sólo que comunal. El llanto puede ser crisis y renacer, como la ducha, sólo que natural. La ducha limpia el desnudo y purifica, como el bautismo, sólo que corporal. Regalar paradojas es como no regalar nada. Él lo sabía. Tenía por costumbre, incluso, no dar nada, salvo lo más elevado y grandioso que se puede dar: "¡Gracias!", solía decir con su sonrisa, generosa de gesto y escasa de dientes. Un "GRACIAS" que llenaba su boca y retumbaba en su espíritu, pues se sabía deudor eterno de un capital infinito que jamás podría devolver. Alegre por su deuda impagable -esto lo entendía aún menos el hombre de negocios-, hacía balance de vida cada noche y dormía, como un niño, arrullado de bondad.






