SIN ESPINAS
Pobrezas y pobrezas

Por Javier de la Rosa
3 min
Opinión27-06-2005
El filósofo y valiente activista Fernando Savater ha dicho que ojalá dentro de unos pocos años sólo tengamos que hablar de pobres de espíritu en el planeta. Según este amante de la sabiduría, tal circunstancia sería un signo de que la inanición y la penuria material habrían desaparecido. El domingo hubo en Madrid una manifestación contra la Pobreza, con la que me solidarizo por ser expresión de inconformismo ante realidades tan injustas como estás. Una actividad cargada de buenas intenciones y sentimientos que trata de concienciar a nuestros políticos de la enorme responsabilidad que cae sobre sus espaldas ante las posibilidades reales de acabar con esta infamia. Sin embargo, lo que resulta verdaderamente utópico es creer que unas cuantas medidas de los Estados terminarán por resolver el problema. Todas, medidas muy loables que una economía marcada por el ultraliberarismo capitalista no contempla ni por asomo. ¿Por qué? Porque que las personas más ricas del mundo -el puñado que dominan el cotarro- no entienden ese lenguaje. Su voracidad se limita a considerar al consumidor -a la persona- como un objeto con dos características esenciales. O es solvente o es insolvente. Si reúne la primera condición será objeto de su interés, atención y consideración, si su condición no le reporta ningún beneficio a corto o medio plazo, su situación por más penosa que sea no merecerá un mísero movimiento de su voluntad. Es decir, si en Ruanda se produce un genocidio, como no hay petróleo u otras fuentes de energía a repartir tras la guerra, que se maten como gusten. Si eso mismo ocurre en Iraq o Ucrania, los grandes magnates tocarán tambores para que el tío Sam mueva piezas y proteja la estabilidad del mercado asentado en dicho territorio. Cuando uno conoce a través de un estudio de Médicos sin fronteras y la Universidad de Barcelona que con una hora de gasto militar, 100 millones de dólares, podrían financiarse los programas de paz que las ONG gestionan en los 25 conflictos armados que hay en el mundo, se da cuenta de la pobreza interior que hay en las personas que dirigen nuestro planeta. Cuando además se entera de que un día de ofensiva militar en Kosovo costaba más que el Producto Interior Bruto del país al que se estaba intentando salvar de un dictador, le resulta muy difícil entender la estupidez humana. Alabo estos intentos de acabar con la pobreza pero cuando veo que en la terraza de mi pueblo me niegan en pleno verano un vaso de agua con hielo gratis porque me quieren cobrar 2,5 euros por 33cl de la embotellada, veo que la solución se torna complicada. La pobreza interior de nuestra civilización occidental no permite que su voluntad se comprometa decididamente a ayudar a los demás, a vivir la verdadera solidaridad. La miseria interior del hombre de hoy le acongoja y sus permanentes ansias de plenitud le generan una ambición sin límites que nunca se ve saciada porque se orienta hacia, precisamente, la riqueza equivocada: la material. Por eso, señor Savater, unos pocos pobres de espíritu que patrocinan o permiten vivir a nuestros políticos para que legislen a su favor -jeques del petróleo, banqueros, empresarios de las nuevas tecnologías, multinacionales de la moda, el automóvil y los famosos constructores que nos sangran con el precio de la vivienda- hacen que el resto de la humanidad viva sin tener garantizados los derechos que les corresponden por su dignidad humana. Pero ojo, que esos ricachones empezaron embotellando lo gratis y cobrándolo a 2,50 con la excusa que todo lo justifica: la ley de la oferta y la demanda.






