CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
Eutanasia para la razón

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión10-04-2005
El médico ha sido considerado en Occidente una noble profesión desde que Hipócrates formulara aquel código de honor que hoy conocemos como “juramento hipocrático”. Durante miles de años, aquel juramento expresaba la vocación inequívoca y explícita del médico: luchar por la vida del paciente. Hoy, el responsable de Urgencias del Severo Ochoa de Leganés es destituido porque, durante su gestión, 48 personas han muerto como consecuencia de recibir sedación “excesiva”, “no indicada” o “dudosa”, puesto que los informes revelan varias irregularidades, entre ellas, no informar a los familiares de algunos de los pacientes así tratados. Casi todos los 48 pacientes tenían cáncer terminal, estaban en estado vegetativo o se encontraban en coma. A esto, mentes perspicaces lo han llamado régimen encubierto de aplicación de la eutanasia. Una eutanasia no sólo ilegal, sino no consentida ni por el paciente ni por los familiares. Vamos: lo que en el código penal está calificado como homicidio. Aún está por probarse judicialmente que hubo mala praxis, pero los datos son preocupantes. Lo más grave de esta noticia es que los sindicatos (a los que el cesado pertenece) y los partidos políticos progresistas (IU y los socialistas madrileños) defienden la gestión del destituido y piden que regrese a su cargo. Así, debilitan la confianza de la sociedad en la Sanidad Pública. Cuando cualquier ciudadano ingrese en un hospital, podrá preguntarse si le atienden médicos fieles al juramento de luchar por la vida o, si por el contrario ha caído en manos de gestores de la muerte que decidirán si su enfermedad o estado físico merece o no la pena el gasto. Más allá de la gravedad de esta situación y de la miseria particular de los concretos médicos, políticos y sindicalistas implicados, late una cuestión de fondo: la incapacidad de nuestra sociedad para responder con dureza a la miserable pretensión de estos infames. Porque este chovinismo barato y el constante juego manipulador de los políticos debilitan la razón del pueblo. Tanta y tan continuada manejo acaba por deformar las mentes no sólo del pueblo conducido, sino del propio manipulador. Lo grave, más allá de esta situación concreta, es que cada palabra de casi todos nuestros políticos es una gota de sedante para la inteligencia de los españoles. Cada declaración pública precipita una eutanasia, la penúltima, contra nuestra inteligencia. Muerta nuestra inteligencia, pronto caerá el resto de nosotros.






