LA RÉPLICA
El triunfo es lo de menos

Por Roberto J. Madrigal
3 min
Deportes10-04-2005
No es una película perfecta, ni mucho menos, pero Coach Carter tiene suficiente categoría como para destacar entre la medianía que invade en ocasiones las salas de cine. Parte de un hecho real –el plante de un entrenador de instituto, que suspendió los entrenamientos de un equipo que había conseguido una racha extraordinaria de victorias hasta que los jugadores no mejoraran sus notas, fue despedido y los propios chavales reclamaron su vuelta– y, aunque no entra a fondo en los entresijos de la cuestión –hay una velada crítica al sistema educativo, demasiado a menudo conformista–, sí deja al menos una reflexión válida para cada uno. Al menos, es un punto de vista que acerca las dificultades para compaginar la dedicación al deporte con los estudios y las obligaciones diarias en general. Aun así, se echa en falta, por ejemplo, saber más de la personalidad de Ken Carter. Aparecen varios rasgos en su forma de actuar, en su personalidad, muy del gusto americano: una grandísima capacidad de motivación –que roza el límite de la agresividad–, un espíritu trabajador, obsesivo –aunque se insiste hasta la extenuación en los ejercicios más llamativos, los suicidios y las flexiones– y confianza en unas reglas muy determinadas y una disciplina rígida –aunque libremente aceptadas–. Pero también roza el fracaso cuando reconoce que el que aplica es su único método, el que sabe: un rasgo de sinceridad y de las limitaciones que rigen en el mundo actual. Lástima que se sepa muy poco, apenas lo justo, de la vida extradeportiva de los jugadores, más allá de las juergas y la inclinación a caer en la delincuencia y un par de problemas personales. Cuando se entrelazan muchas historias personales, manda el guión, pero nadie duda de que no es tan fácil pasar, poco menos que de la noche a la mañana, de ser un mal estudiante a dejar de serlo. Con todo, aunque no sabemos qué sucede con los protagonistas, qué ha sido de ellos –se trata de un caso real– una vez que termina, la película deja una muy interesante miga en cuanto al espíritu del trabajo en equipo: hay muchas perlas, detalles de compañerismo, de ayuda. También es muy útil la moraleja de que el esfuerzo tiene recompensa más allá de la euforia de la victoria o la desazón de las derrotas, siempre efímeras. El afán de superación, tomarse el deporte como base para los valores que se viven cada día –y no al contrario, tenerlo como una válvula de escape– tienen plena vigencia ahora que, cada vez más, los padres quieren sacar tajada de sus hijos, a la que tienen un cierto talento, hasta el punto de querer hacer de ellos estrellas antes de tiempo y olvidar que cuando no se puede ser profesional –lo más habitual, no hay que olvidarlo: sólo llegan unos pocos a la elite y muchos se quedan por el camino– los estudios son la mejor manera de encontrar una salida, un rumbo en la vida. Muchos deportistas ya se plantean, incluso durante su etapa profesional, qué harán una vez que se retiren. Adelantarse al futuro, prepararse y perseverar en el proyecto iniciado, poder decir que se ha trabajado, ir con la cabeza alta, ya es mucho.






